Juan Cuvi

¿Quién entiende al correísmo?

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Hay un completo desbarajuste en la política oficial. Para quienes suelen ver en toda decisión del Gobierno un acto calculado, lo que ha sucedido en los últimos tiempos debe parecerles un rompecabezas. En lugar de estrategia estamos presenciando un auténtico descontrol. Mejor dicho, un fraccionamiento de la realidad.

Ya ni la publicidad correísta alcanza para tapar las incoherencias entre las declaraciones oficiales y los hechos. Es más, ni siquiera se da abasto para cubrir tantos incidentes simultáneos.

Por ejemplo, no se ha podido dar una explicación medianamente lógica a la imposición de visas para los ciudadanos cubanos. La alharaca mantenida en estos años, a propósito de la ciudadanía universal, terminó enredada en las implacables telarañas de la geopolítica. No solo se restringe un derecho; se lo hace con un pueblo al que Alianza País prometió una solidaridad incondicional e infinita.

Las justificaciones de las reformas constitucionales van por igual camino. Para muestra un botón: funcionarios de Gobierno y asambleístas verde-flex insisten en la ampliación de los derechos laborales de una de las reformas, mientras tienen en las calles a la mayoría de trabajadores y sindicatos del país protestando. Los supuestos beneficiarios del cambio son los primeros perjudicados.

En economía las cosas no son diferentes. Alberto Dahik, el nuevo profeta del correísmo, acaba de presentar un panorama apocalíptico respecto de la situación económica del país. Sobre todo advierte del peligro que entraña la extrema opacidad en la información oficial. No se sabe qué ocurre con las finanzas públicas, ni a cuánto ascienden las deudas ni quiénes son nuestros principales acreedores. Hablando en morocho, los ecuatorianos no sospechamos por dónde nos caerá el costalazo de la crisis.

Llama la atención que el exministro de Febres Cordero no haya recibido la correspondiente reprimenda desde el aparato de propaganda del Régimen. Porque sus advertencias podrían ser interpretadas como la denuncia del ocultamiento deliberado de una bomba de tiempo. Algo inaceptable –y hasta judicializable– para la retórica oficial.

El desfase lo complementa la presencia ecuatoriana en la Cumbre de París. El presidente Correa acaba de presentarse como adalid de las causas ecológicas. Poco importa que su gobierno haya comparecido hace poco a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, precisamente para responder por acciones que afectan no solo a los derechos ambientales sino, más grave aún, que podrían incluso amenazar la supervivencia de los pueblos en aislamiento voluntario.

La ampliación de la frontera petrolera en la Amazonía, así como la intensificación de la explotación minera, contradicen todos los postulados y declaraciones que se pretenden aprobar en la COP-21.