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Por estos días se ha dicho hasta la saciedad, con ese tono tan solemne y tan grave del que solo son capaces los ironistas, que está comprobado que nada hay más incompatible en el mundo que el humor y la religión, la risa y la fe. El uno tiene que ver –se ha dicho– con la gracia, la duda, la libertad; la otra, en cambio, tiene que ver con el misterio, el dogmatismo, la ingenuidad. Juan Villoro, que es un gran tipo, un maestro escéptico y lúcido, lo escribió hace poco como una verdadera revelación: "La religión comienza donde el humor termina".

Él se refería a la matanza de los caricaturistas de la revista satírica Charlie Hebdo, perpetrada por un par de yihadistas alienados y franceses que así vengaban, según sus gritos y sus balas, el honor de su dios ofendido. Y desde ese día se está discutiendo en el mundo cuáles son los límites de la libertad de expresión y de la burla, hasta dónde se puede llegar en el derecho sagrado a la ironía y la blasfemia. Incluso el papa Francisco, en su avión, se lo advirtió al doctor Gasparri: “Si insulta a mi mamá, le espera un puño...”.Ahora: la hipótesis de Villoro, tan lapidaria como la de ‘papa Francesco’, es casi imposible de refutar, pues es evidente que muchas de las religiones que han tejido la historia de la humanidad, sobre todo las más importantes y poderosas, lo hicieron renegando del humor y de la dicha: del poder corrosivo y aplastante que tiene el sarcasmo frente a las verdades intocables y sacrosantas –o las mentiras: ahí está el detalle– de la fe. Por eso en este mundo los dioses han castigado tantas veces la risa: porque nada hay más revolucionario ni más liberador ni más reparador que ella. Nada.

Pero eso no se refiere solo a la religión. No. Eso se refiere a todos los ámbitos de la condición humana –la política, la academia, el deporte, el periodismo, la literatura– que en ocasiones asumen una estructura tan dogmática y religiosa como la de la religión misma, y se vuelve imposible la crítica o el humor, la profanación y la blasfemia. Hay quienes no necesitan de la fe ni de dios para ser fanáticos; hay quienes ya son unos posesos de sí mismos: mesiánicos, arrogantes, irredimibles.

Y el humor, siempre que lo sea de verdad es sin duda la negación del fanatismo: su antídoto y su mejor castigo, el único refugio contra sus feroces e inobjetables verdades. Y eso vale para el Islam, el cristianismo, el comunismo, el antitabaquismo, el ateísmo, la vida sana, la posmodernidad y cuanto credo caiga en manos de la locura: allí donde alguien nos quiera salvar a la fuerza, allí donde alguien nos quiera imponer sin compasión sus respuestas y delirios, solo queda una última esperanza: la risa.

¿La religión comienza donde el humor termina? No lo sé, no lo creo, no siempre. Søren Kierkegaard decía que era más bien una continuación, dos etapas del mismo camino largo y sinuoso: el humor como el mejor aperitivo de la fe, y casi como el único que la hace posible, pues solo la ironía nos permite creer en las cosas más absurdas. Tenerles fe. Y una vez, llevado por los dioses al séptimo cielo para que escogiera un solo don entre todos los demás, Kierkegaard pidió el de la risa.Un don cada vez más escaso en nuestro mundo, qué desgracia, y no porque lo hayan desterrado las religiones y los dioses, o los tiranos, o los sabios. Más bien un don que se marchita con la especie que lo niega, y que cada vez es más ridícula, más risible y más triste.