José Ayala Lasso

El engaño premeditado

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La Academia de la Lengua nos dice que engañar es "hacer creer a alguien que algo falso es verdadero", "seducir a alguien con halagos o mentiras". Engañar, en consecuencia, es malo, moralmente censurable, está condenado por la ley en cualquier país. Utilizar el engaño será siempre propio de mentes desorientadas por pasiones o intereses inconfesables.

Si en la conducta humana individual todos reconocemos el valor del aforismo bíblico que señala que la verdad nos hace libres, forzoso será concluir que el engaño nos esclaviza y afecta a nuestra dignidad al condicionar nuestra conducta. El individuo que engaña merecedor es de censura. ¿Qué decir de la institución que concibe, prepara y minuciosamente ejecuta un programa orientado a engañar y, mediante tal recurso, obtener resultados que le parecen apetecibles?

Tal institución merecería el calificativo de inmoral o amoral. Pero las instituciones están hechas por seres humanos, no tienen criterio propio, aunque por su intermedio se creen tradiciones y prácticas. Son quienes las dirigen, entonces, los responsables.

Quien engaña para conseguir un objetivo, por honesto o bueno que este pudiera parecer, está practicando la máxima maquiavélica de justificar todo cuanto conduzca a un fin perseguido. Poco importará la violación de la moral o la ley: bastará que el engaño dé frutos, los frutos perseguidos desde una óptica que no garantiza nada bueno precisamente al estar movida por semejante razonamiento.

El engaño organizado para dizque promover el turismo interno en el Ecuador presentando, a un grupo de ciudadanos, como Costa Rica un punto cualquiera de la Amazonía ecuatoriana, ha puesto en evidencia la carencia de valores esenciales en quienes fraguaron tal patraña. A su autodescalificación añadieron la irresponsabilidad de actuar en nombre de una institución, con el conocimiento y apoyo de otras instituciones, infligiendo así una ofensa al pueblo ecuatoriano, en primer lugar, y a un país digno y respetable como Costa Rica, la justa protesta de cuyas autoridades no se ha hecho esperar.

Las excusas presentadas por el Ecuador, ciertamente indispensables, no sirven para poner punto final a este penoso episodio que debería llamar a la reflexión a las autoridades nacionales sobre la necesidad de respetar siempre la moral y la ley. Tenemos pocas esperanzas de que así suceda. Pero, por lo menos, debería morigerarlas en su hipócrita prédica de valores morales que no practican.

Que se ponga punto final, de una vez y para siempre, a las descalificaciones que son el grueso de las sabatinas que tienen saturado al pueblo y que -es lo peor- pueden estar desorientando su conciencia porque predican el odio que se expresa en "la canallada y la cantinflada de la semana" inventadas para engañar a la gente: ¡he allí un buen comienzo!