Jorge H. Zalles

La simplicidad

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Acaba de terminar el juicio político a la ex Presidenta del Brasil con su destitución definitiva. Muchos lo han llamado un “golpe de estado” y una “negación de la democracia”. Y muchas de esas mismas personas ni se inmutan ante la sistemática violación de la Constitución y las leyes por las autoridades electorales venezolanas que siguen jugando con los tiempos del referendo revocatorio hasta que lo eviten del todo o logren que no se dé este año. Tenemos acá los típicos sesgos según los cuales “los nuestros” deben ser defendidos, no importa qué delitos o infracciones hayan cometido, y “los otros” deben ser atacados por el simple hecho de ser “otros”, les asistan o no razones.

Esta actitud fácil e irreflexiva no es patrimonio exclusivo de nadie. De la orilla ideológica opuesta a la de quienes defienden a Dilma Rousseff tuvimos, por ejemplo, a los defensores “liberales” del régimen de Augusto Pinochet en Chile que soslayaron olímpicamente las aberrantes violaciones de los derechos humanos de esa dictadura porque favoreció, en lo económico, a la libertad de empresa y al mercado.

En ambos casos, en realidad en todos lados y en cualquier grupo, se evidencia esa peligrosa preferencia por la excesiva simplicidad. No reniego de las bondades de lo simple: es una inmensa virtud en, por ejemplo, el diseño de productos diversos y en la expresión de ideas y de argumentos. Pero como toda virtud, puede ser llevada a la exageración. Decir que Dilma Rousseff es “simplemente” una víctima de una derecha anti-democrática es ignorar que cometió un delito grave. Al contrario, ver el tema en ésta su mayor complejidad obliga a analizar qué pesa más: del un lado su condición de mandataria electa y dirigente reformista, condiciones que harían deseable su continuidad en el poder o, del otro, su obligación de respetar la ley y, tal vez más importante, la imperiosa necesidad de frenar la impunidad en el Brasil. Visto en estos términos, el asunto ya no es tan simple.

La búsqueda de “lo más simple” me recuerda el pedido de que a un niño le explique la aritmética, pero sin complicarle con detalles como la multiplicación, la división o las fracciones. Esa preferencia por la sobre-simplificación pudiera no tener mayores consecuencias que la de que ese niño no pueda luego aprender a sacar un porcentaje ni avanzar al álgebra o al cálculo diferencial.

Pero la preferencia por la excesiva simplicidad, tan evidente en los defensores de Pinochet y de Rousseff, sí trae enormes consecuencias sociales y políticas. Es lo que más nos impide dialogar seriamente en busca de soluciones comunes, pues no podemos esperar buenos resultados de ello si quienes se sientan a tratar de construir consensos lo hacen con ese excesivo deseo de simplicidad que no permite reconocer validez en las ideas del otro.