Columnista Invitado

Sobre la injusticia

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Wilson Granja Portilla, Columnista invitado
Decía Menandro que “El hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia, sino el que, pudiendo ser injusto, no quiere serlo”. Aplica este pensamiento tanto al hombre de la calle, al padre de familia, como a los jefes de Estado y a los gobernantes de turno. Más aún, se aplica a los gobernantes, si la doctrina sobre la cual gobiernan y promulgan sus actos está llena de declaraciones basadas en la justicia social.

Lamentablemente, considero que cuando se diseñaron las bases y principios de lo que hoy ha resultado por llamarse socialismo del siglo XXI, no se contemplaron las aspiraciones individuales de quienes detentarían el poder y menos aún se preocuparon por limitar sus personalísimas ambiciones e intereses. La percepción actual es que en varios de los países donde se gobierna bajo el lema de la justicia social, la injusticia ha sido práctica común y se la ha hecho en nombre de la autoridad y de la ley.

Cómo explicar sino los múltiples beneficios que perciben los funcionarios públicos y que van desde los favoritismos que reciben (con dinero de los contribuyentes) en almuerzos, viáticos, agasajos, aguinaldos y toda clase de beneficios por sobre el ciudadano común y corriente. Cómo explicar que mientras la clase cercana al poder no tenga que preocuparse por pagar sus obligaciones a fin de mes, el ciudadano de la calle tenga que pasar horas de angustia por cumplir con sus compromisos.

De igual manera, injusto es el gobernante que esconde o que no dice la verdad de forma completa; que oculta o encubre sus acciones para mantenerse en el poder y para continuar con el apoyo, muchas veces ciego, de un electorado poco instruido y abusado por el ‘marketing’ agresivo y engañoso.

No se malentienda. Este no es un ataque a ultranza al sistema socialista. También, el capitalismo sufre de males. El problema está en que el capitalismo genera riqueza para pocos pero que se contrarresta cuando existe un Estado regulador, justo, equitativo y distributivo que terminará por repartir el beneficio generado con igualdad. Como están las cosas, el socialismo que conocemos y vivimos está creando pobreza y la está repartiendo con igualdad. En pocas palabras, un Estado justo buscará la creación de riqueza como principio y valor individual para luego repartirla equitativamente entre la población menos favorecida con el objeto de mejorar su calidad de vida.

Es justo que el contribuyente (quien paga los sueldos de la burocracia) conozca cómo se utilizan los recursos que le entrega al Estado, así como conocer cómo se está comprometiendo el futuro del país cuando se incrementa su endeudamiento. Un gobierno que promulgue la justicia debe tratar a todos por igual. Ya lo decía Rousseau, “la igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro y ninguno tan pobre que vea la necesidad de venderse”.