Monseñor Julio Parrilla

Del humor y la inocencia

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7 de September de 2014 00:00

Vivimos en medio de tantos problemas y tensiones, ansiedades y frustraciones, que me pregunto si realmente estamos capacitados para ser felices. No me refiero a la felicidad que otorga el nirvana o a la más definitiva que algún día experimentaremos en la visión beatífica… Hablo de la felicidad humana, común y pedestre, siempre limitada y condicionada por las circunstancias de la vida. Un signo de esta felicidad es, sin duda, el buen humor.

El humor es causa y efecto de buena salud mental, todo un arte, demasiado sutil, que hay que cazar a contravuelo. No tiene nada que ver con el chiste prefabricado y, mucho menos, con la ironía. Traigo a colación las palabras sabias de André Comte-Sponville, que no era humorista sino filósofo: “La ­ironía hiere, el humor sana. La ironía puede matar, el humor ayuda a vivir. La ironía aplasta, el humor libera. La ironía es implacable, el humor es misericordioso. La ironía humilla, el humor es humilde”.

¿Y saben por qué? Porque la fuente del humor es la realidad vista con ojos inocentes. Los ojos del niño –no importa la edad– alumbran y dan a luz ingredientes ocultos en el fondo de cada persona y de cada acontecimiento. Y esos ingredientes ayudan a superar tanto el dramatismo como la euforia. Hace poco leí un hermoso artículo del P. Sanz Arribas, en el que hacía referencia a cómo Chesterton lamentaba el hecho de que nos maravilláramos el día de Navidad al encontrar nuestros zapatos llenos de regalos, y no cada día al encontrar un par de pies para meter en los zapatos.

Mirar la realidad es, por lo pronto, mirarse a sí mismo y descubrir hasta qué punto muchas de nuestras contradicciones no son más que la expresión de nuestra humana condición. Tendríamos que tener mayor misericordia y capacidad de ­reírnos de nosotros mismos. Si lo logramos, seremos más comprensivos y tolerantes con los defectos ajenos. Por eso, el humor acaba siendo un estilo de vida que permite el humilde reconocimiento de la condición humana. Siempre me han conmovido las personas que, en medio de las dificultades, mantienen la grandeza del alma, pero sin obsesiones de grandeza y son, por tanto, capaces de reírse de sí mismas. Valga el ejemplo del mariscal Mac-Mahon, un tipo divertido. Trataba un día de convencer a su auditorio sobre los estragos de la fiebre tifoidea, y dio una explicación convincente: “La fiebre tifoidea es algo terrible: o te mata o te deja idiota. Lo sé bien porque la tuve”.

No esperen a ser perfectos para intentar ser felices.

Cultiven el buen humor y mantendrán una saludable equidistancia entre la exaltación y la depresión. Lograrán que las tensiones no degeneren en conflictos y, al mismo tiempo, las dificultades les ayudarán a crecer.

Su buen humor será un bien para la familia y, si son políticos, para el país. Ah, y si son obispos, será un bien para la Iglesia…