Gonzalo Ruiz

De Piketty al Espíritu Santo

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Desde el 24 de mayo al 15 de junio agua corrió bajo el puente. La calle se nutrió, se enriqueció, se diversificó y dio sentido a la protesta.

Ocho años de gobierno son muy largos y la gente ya lo sabe y, acaso, lo descubrió. Y muchos advierten apenas hoy que faltan dos agotadores años para que este Gobierno, que es el más largo de toda la historia, culmine su mandato como corresponde.

Lo que ocurrió con las leyes de Herencias y Plusvalía fue el detonante de una carga acumulada de tensiones que estallaron.
Y ahora se acuerdan del cierre del Congreso por un Tribunal Electoral soberbio.

De las libertades públicas, el derecho a la expresión, vuelven -como eco atosigante- los agravios de cada sabatina, de las cuatrocientas y tantas, que muchos oídos asimilaban como la lluvia en un techo de lata.

Resonó el caso del primo travieso y prófugo, de la compra de aviones y las comitivas presidenciales extensas, de los tantos viajes y foros. De la propaganda descalificadora, de esa ilusión de vender que la verdad es una sola y tiene un solo e infalible dueño y lo demás es mentira, corrupción, mediocridad, concupiscencia.

Volvieron los fantasmas de las exclusiones y de los alzamanos, de la falta de fiscalización y la oratoria cargada, sesgada, vacía.

Volvieron las contramarchas con convocatorias a ciertos funcionarios con carácter de voluntario (obligatorio).

Ya no eran las arengas en plazas repletas de adherentes, los más, que llegaban en buses, de lejos, y que se alimentaban con sánduches, las tarimas sofisticadas de artistas pagados a buen precio y con un compromiso de hacerse de oídos sordos ante una voz siempre desafinada y un canto recurrente.

Y en la avenida De los Shyris se encontraron los que protestaban contra las leyes polémicas y sus defensores, separados por una guardia pretoriana. Las caras de preocupación de los jerarcas del poder, que impera desde hace ocho años, con otros rostros de indignación. Una marcha de la clase media y de los pudientes, dicen, como si esas personas no tuviesen derecho a opinar y expresarse. Descalificados, como hace poco lo fueron los trabajadores de las centrales sindicales, sectores de izquierda e indígenas organizados, aquel primero de mayo de la yuca estudiantil que detuvo en seco a la caravana presidencial.

Ahora se buscaba arrebatar las banderas de las clases medias y de los rentistas, de los herederos del futuro y de las personas que aspiran a acumular riqueza como fruto de su trabajo y heredarlo a sus hijos. Como antes se buscó arrebatar las tesis del ecologismo verde hasta que el pragmatismo enterró en la jungla la defensa del Parque Nacional Yasuní para escarbarlo por petróleo. Como antes se quiso levantar la antorcha de la libertad hasta que la libertad de opinar fue revelando las vergüenzas del poder.

Ahora la teoría de Thomas Piketty cede al soplo del Espíritu Santo para que llegue el Papa. Que Correa no se quede ni un minuto más luego del 24 de mayo de 2017, pero que tampoco se vaya ni un minuto antes. Eso no.