Gonzalo Ruiz

La tarjeta roja de la vergüenza

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La FIFA llena portadas de casi toda la prensa mundial. La investigación del FBI y la presunción de corrupción, delitos informáticos y hasta crimen organizado se ciernen sobre varios dirigentes del fútbol mundial. Hasta ahora la mancha de la sospecha cunde sobre directivos del fútbol continental. A muchos los hemos visto entregando copas, premios y, claro, en los fastuosos sorteos de los grupos de cada torneo importante de clubes o selecciones.

Varios de los detenidos estaban en Suiza. La idea era apuntalar la re-re-reelección de Joseph Blatter como zar del fútbol mundial.

Él fue sucesor de otro ‘eterno’ dirigente, Joao Avelange, sobre cuya figura también se tejieron versiones de duda siniestra. Fue en 2013 cuando renunció Avelange como presidente honorario de la FIFA, acusado de entregar derechos de televisión y marketing a una firma a cambio de sobornos.

Parecería que aquello de la permanencia en el poder es un caramelo cuyo dulce es como la droga: no se puede dejar sin estragos, ansiedad ni síndrome de abstinencia.

La irrupción de la temida e implacable justicia norteamericana aún no se termina de explicar, pero la imputación que formula la fiscal del estado de la Florida es muy grave. Los primeros damnificados del escándalo parecen ser varios dirigentes latinoamericanos ya detenidos en Zúrich. Muchos de ellos son directivos de América Central y Sudamérica. La poderosa Conmebol, organismo del que es parte la Federación Ecuatoriana de Fútbol, aparece en problemas. Además, se allanaron las oficinas de la Concacaf (la agrupación que junta a Norteamérica, Centroamérica y el Caribe).

Si las investigaciones recién empiezan, al menos de cara al público, poco a poco iremos viendo reflotar el iceberg completo cuya punta apenas vislumbramos.

Es curioso, empero, que la coincidencia de la denuncia con la buscada reelección de Blatter se junten en el calendario.

Las denuncias, como ya vimos en el caso de Avelange, no son cosa nueva. Cabe recordar el escándalo sin epílogo de la adjudicación de la sede a Qatar para el Mundial de 2022. Tampoco se conocen mayores resultados de varias denuncias sobre venta de entradas en el Mundial de Brasil 2014.

La noticia, sin tener ni la profundidad de las diarias informaciones de guerra y terrorismo de Oriente Próximo ni los alcances de las tensiones de la polarización de gobiernos de varios países de América sumidos en la corrupción y el desprestigio, interesa mucho porque se trata del deporte que ha copado las pantallas de la TV, la pasión de millones de personas en todo el planeta.

Los jugadores se cambian de equipo por transferencias millonarias, la publicidad no tiene límite y las disputas y visiones diferentes por malos arbitrajes hacen perder la cabeza a más de uno en las tribunas y aun ante las pantallas de la televisión.

El fútbol, esa representación deportiva de la guerra, deja bajas. Tal vez sea la oportunidad para limpiar las oscuras negociaciones dirigenciales y esos afanes delirantes de un eterno apego al poder y al dinero fácil.