Gonzalo Ruiz

Montecristi ¿Vive?

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Ya pasaron los fastos de los 8 años de la supuesta revolución ciudadana. Montecristi fue el símbolo del cambio que hoy se busca re encauzar.
La construcción, que ya acusa el paso del tiempo y de los inviernos, es un pálido recuerdo de las proclamas reformadoras. Varios de los protagonistas que ayer militaron hoy ya no están. El núcleo duro que se anida en la Asamblea Nacional también expresa corrientes, facciones que piensan distinto y lo dicen, las más de las veces ,en voz baja, aunque a la hora de votar funcione el resorte que acciona la orden de cerrar filas contra toda expresión de disidencia u oposición, como si pensar distinto no fuese propio de la condición humana, del ser social y de una vida democrática robusta.

Cuando el partido verde flex (lo que queda de la descolorida revolución) propone las enmiendas que quiere el líder, van a la mano a la Corte Constitucional, agitan banderas y olvidan las promesas de una carta constitucional que debía durar 300 años, en sus propias hipérboles retóricas.

Así, sin casi un resquicio en la fuerza del poder concentrado que a cada paso constatamos, se aprueban la mayoría de los cambios para ser tratados como enmiendas.

Los fundamentos de la modificación estructural de los principios básicos de la Constitución- como para muchos analistas y opositores es la figura de la re-elección-, no parecieron importar ni a los magistrados constitucionales ni a los legisladores oficialistas ni a algunos de sus aliados que cuentan con una mayoría que oficia de aplanadora, al uso de alguna que operó en tiempos de la antigua partidocracia.

Ahora la operación política es la ‘socialización’ o, como corrige el académico de la lengua y ex presidente Rodrigo Borja, la sociabilización. Se trata de llevar al país los temas de la enmienda, escuchar ciertas voces selectas que no hagan mayor ruido, excluir a otras y juntar en la bolsa alguna disidencia para luego decir que si participaron en el proceso.

Cabe preguntar sobre la utilidad de esta jugada que podría arrojar buenos resultados si la opinión de la diversidad nacional no solo se escucha sino se llega a incluir en el proceso de reforma vía enmienda. Pero podemos temer que eso no va a pasar, como ha ocurrido en cuanta votación busca, promueve y consigue el poder vertical y concentrado que domina el panorama.

Esta semana llegó el tema de la comunicación como servicio público. Una idea de esta estrategia de guerra planetaria de los operadores políticos y activistas de la propaganda oficial para acallar la voz diversa de los medios privados e independientes.

Si la comunicación es un servicio público y no se la considera como un derecho de libertad, las grietas de la ya vetusta construcción de Montecristi calarán en la conciencia nacional y afectarán la ya maltrecha democracia donde la opinión del distinto es descalificada desde el poder.

Montecristi, su espíritu proclamado ya no vive, como no sea en el nombre del movimiento que lidera Alberto Acosta.