Juan Cuvi

A propósito del Montúfar

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El problema de las protestas estudiantiles no son las piedras; son las glándulas. Pero el Gobierno ecuatoriano no parece diferenciar entre unas y otras. Por eso responde con la cárcel a lo que debería manejar con el diálogo. Es lo que acaba de suceder con la represión en el Colegio Montúfar.

Más allá de la retórica y la propaganda oficiales, lo que en el fondo se está condenando no es la violencia, sino la rebeldía. Se pretende disciplinar una condición intrínseca, natural, casi biológica de los jóvenes. Porque si en efecto el Régimen quisiera combatir a los tirapiedras como expresión de la violencia social, hace rato debió neutralizar a los tirainsultos esparcidos por toda la administración pública. Esta es una forma aun peor de violencia, porque está institucionalizada y legitimada desde la autoridad.

El disciplinamiento de la sociedad es una de las mayores taras del poder político. Cuando se inserta en la pedagogía, los resultados son aberrantes. Y el mundo ha padecido demasiado la docilidad y la sumisión de los seres humanos. Porque allí, justamente, anida el germen de los totalitarismos.

En 1720 apareció en Aviñón, Francia, la primera edición impresa de la Guía de las Escuelas Cristianas, cuya autoría se atribuye a Juan Bautista de La Salle. El sustrato de la propuesta pedagógica es la disciplina. Castigo, humillación y perdón conforman un entramado de medidas para conservar o restituir el orden, propósito final y supremo de la institución escolar. Inclusive la cárcel es una de las prescripciones para los alumnos rebeldes.

Este modelo pedagógico tuvo una influencia determinante en muchas instituciones educativas del mundo hasta bien entrado el siglo XX. No solamente en las escuelas católicas, sino también en las públicas. Basta recordar de qué manera, hasta hace pocas décadas, se repartía palo y reglazos en la mayoría de escuelas primarias del Ecuador. Y con la venia general.

¿Qué resortes se activaron para que las autoridades políticas y educativas del correísmo sintonizaran con una versión tan retrógrada y anacrónica de la pedagogía? No es difícil suponerlo. Históricamente, el populismo siempre se ha conectado con los imaginarios más complejos y recónditos de la sociedad. Como el autoritarismo. Solamente una comunidad que ha convivido con prácticas abusivas termina entronizando –o al menos consintiendo– a caudillos autoritarios.

Cuando en mayo de 1968 los estudiantes franceses estremecieron las calles de París, las autoridades políticas, conservadoras y todo, entendieron que algo no estaba funcionando bien. Únicamente la derecha más recalcitrante abogó por la represión. Somos demasiado jóvenes para esperar, fue la consigna con que los manifestantes exigieron respuestas. No proscripciones ni confinamiento. Respuestas.