Marco Antonio Rodríguez

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¿Cuándo emergió la globalización? Pensadores como Chesnaux o Wallerstein la sitúan en el siglo XVI; es decir, en los inicios de la expansión capitalista y de la modernidad occidental, otros la colocan a mediados del siglo veinte. Pero en lo que todos los filósofos, historiadores y pensadores coinciden es que, a partir de los años noventa del siglo anterior, en el ámbito planetario, se erige el mercado como fin último de la humanidad y entran en agonía las instituciones tradicionales o actores clásicos: Estado, iglesias, universidades, partidos políticos, sindicatos, intelectuales…

En este contexto, la caída del Muro de Berlín constituyó un fenómeno único. El derrumbe del marxismo marcó un punto de drástica inflexión, el más fuerte de todos los tiempos. Viraje del tiempo histórico. Mundialización. Comienzo de un inexorable cambio de época. A partir de este hecho se desató una serie de acontecimientos, entre los cuales se destacan el derrumbe del marxismo como sistema actuante de ideas: arraigo y circulación de postulaciones en sociedades e instituciones y la conmoción del ‘estado de bienestar’.

Lo ocurrido fue calificado como ‘cambio civilizatorio’. La realidad, por primera vez, va más rápido que nuestra capacidad de imaginarla, peor aún para conceptualizarla. Nada es definitivo, si alguna vez algo lo fue. Todo es provisional. Lo efímero es mucho más tangible en la edad que vivimos. Prolifera una energía terca y feroz, moviéndolo todo. Nuestra América pagó el precio de su asincronía histórica (retraso, desfase). En varios países se edificaron sobre la vacuidad de la nostalgia populismos asidos a la espada de Bolívar, o, como en Ecuador, a la de Eloy Alfaro.

Ecuador está por consumar una década perdida. Nunca antes ha habido tal abundancia económica, jamás antes se ha dilapidado tanto en proyectos vacuos (colosales edificaciones, legiones de burócratas, viaje-manía…). Los problemas estructurales de la pobreza edulcorados con bonos vejatorios a la dignidad. Una descomunal maquinaria publicitaria, subvencionada con dineros del pueblo, alardeando que vivimos en el paraíso. En el vértice del poder mofas y fanfarrias, voces destempladas, canciones de rebeldías pasadistas.

Década perdida. Hay cuestiones positivas –juicios en blanco y negro devienen fascistas o fundamentalistas-, pero en este último decenio se proscribió el diálogo, se vapulearon derechos humanos, se demolieron instituciones, silenciado disensiones, saqueado la naturaleza, velado la corrupción, condenado libertades. Régimen autocrático, y no hay peor autocracia que aquella ejercida a la sombra de las leyes y bajo el supuesto imperio de la justicia.

La concentración de poder es el factor más favorable para la concentración de la riqueza. Esta absurdidad solo fraguan gobernantes déspotas. Ellos no comprenden que ser déspotas no es ser, sino dejar de ser y hacer que dejen de ser todos los habitantes de un país. Pero saldremos del trance. El imposible no existe, es aquello que nos toma un poco más de tiempo para lograrlo.

Columnista invitado