Milton Luna

Frustración y bronca

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Soy Daniel Álvarez, tengo 23 años y vivo en un barrio popular de Quito. Estudié en un colegio público. Actualmente estoy en el curso de nivelación para ingresar a la Universidad Central. Para llegar a este punto, rendí varias veces el examen ENES. Me preparé por mi cuenta, pero muchos de mis compañeros siguieron cursos fuera de los colegios. Sus padres pagaron entre 200 y 300 dólares por ellos.

Al salir del colegio, por problemas económicos, no postulé a la universidad. Trabajé un año. Posteriormente, para volver a estudiar rendí el examen del ENES, por tres ocasiones, antes de obtener el cupo. Las primeras veces aplique para ingeniería comercial y me dieron la opción a distancia, lo cual no se adaptaba a mis expectativas; repetí el examen y apliqué para comunicación social, pero me dieron cupo para Ambato, lo cual también complicaba mis aspiraciones, hasta que finalmente obtuve la opción que quería.

Mientras tanto, han pasado los años y recién, a mis 23, entraría a la U, lo que me coloca en una situación de enorme desventaja en relación de otros muchachos de mi generación que tuvieron la suerte o la capacidad de entrar a la universidad a tiempo y a la carrera que les gustaba. Entraron a la U pública, o a la privada, opción de algunos, cuyos padres tienen posibilidades de financiar sus estudios. Ni mi familia ni yo tenemos plata, así que aquí estoy...

A pesar de todo, creo que ingresaré a algo que me gusta, pero este no es el caso de muchos de mis compañeros. Estos, que han rendido dos o tres veces el ENES, aceptaron el cupo a cualquier carrera, generalmente no de su gusto, solo para no seguir en la tortura del proceso de ingreso y para tener algo seguro en la vida.

Ingresan a la U con la finalidad de intentar cambiarse a otra carrera. Con esto escapan temporalmente de la presión de la familia que no les aguanta en la casa, y matan el tiempo; ya que tampoco encuentran trabajo. Con la actual crisis económica, el trabajo se ha vuelto imposible para los jóvenes. Sufrimos mucho. Sufre la familia. Pero también nos enojamos, nos frustramos. En las casas hay más tensión y angustia. También, crece el malestar y la bronca.

Vivimos en total incertidumbre. No sabemos cuál será nuestro futuro. ¿Entraremos o no la universidad? ¿Qué carrera seguir? ¿Si entramos a la U, el cupo que nos den, será en una carrera que no nos guste? ¿Luego, si conformistamente aceptamos, pasaremos la vida haciendo lo que despreciamos? Incertidumbre y frustración: no hay cómo hacer ningún plan, peor aún establecer relaciones afectivas en serio. Tenemos terror de un embarazo y de un compromiso mayor.
Somos una generación silenciada (algunos de nuestros dirigentes, por protestar, tuvieron juicios por terrorismo) y casi sin opciones, con la que jugaron y experimentaron algunas delirantes autoridades.

mluna@elcomercio.org