Fernando Tinajero

La vida de los otros

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Hay obras de arte (cuadros, poemas, esculturas, composiciones musicales…) que nunca llegamos a olvidar, debido al especial impacto que han causado en su primera aparición ante nosotros, casi siempre por su fuerza interior, pero también por encontrarse ligadas a otras experiencias de fuerte contenido emocional. Permanecen algo así como dormidas entre los pliegues de la conciencia, y afloran a veces, inesperadamente, como llamadas casi siempre por nuevas experiencias que establecen asociaciones completamente inesperadas.

Unas palabras oídas al pasar, que deben haber pertenecido al diálogo de dos vecinas o comadres al parecer ofendidas por alguna indeseable intromisión en su vida, me trajeron de pronto a la memoria un formidable filme que hace algunos años me sobrecogió por la historia que relata, pero también por la maestría con que va dosificando sus elementos de tensión. Su título es el que encabeza estas líneas; tiene nacionalidad alemana, pero no logro recordar el nombre de su extraordinario director. Sé que fue producida a comienzos o mediados la década del 2000 y que mereció muchos premios. Lo que recuerdo es que Ulrich Mühe desempeña el papel principal, encarnando a un ejemplar oficial de la Stasi, la tenebrosa policía de la ya desaparecida República Democrática Alemana.

Encargado de vigilar a un matrimonio formado por un escritor y una famosa actriz (o sea, dos intelectuales peligrosos) instala un puesto de escucha y observación en un departamento convenientemente desocupado según sus instrucciones, exactamente al frente del que ocupa la pareja de “sospechosos”. Cámaras y micrófonos son instalados bajo sus instrucciones en todas las dependencias de la vivienda de aquel matrimonio, incluyendo por supuesto el dormitorio, que es donde las parejas suelen sostener las conversaciones de mayor reserva o intimidad. Así, en turnos rigurosamente establecidos, el policía y sus subordinados vigilan día y noche a la pareja, siguen sus pasos por todas partes, asisten a las reuniones que ellos tienen con sus amigos, también intelectuales, y no se avergüenzan de presenciar los íntimos encuentros de la pareja ni de grabar sus expresiones de pasión. El policía no sabe, sin embargo, de qué modo está cambiando él mismo por el efecto que le hacen sus descubrimientos, que poco a poco van poniendo ante su conciencia la ruindad de una política que invoca el humanismo aunque está fundada en el temor y el irrespeto del Estado a sus propios ciudadanos. Aquel cambio le llevará a alterar sus informes, deberá sufrir un castigo por su incumplimiento, pero al caer la Unión Soviética y con ella todo el tinglado falsamente socialista de los países del este europeo, se transformará en un tranquilo ciudadano.

Una obra de arte como ese filme puede perdurar en la memoria y provocar muy serias reflexiones. Entre ellas, no es la menor la que intenta responder a la pregunta sobre el límite que tienen los poderes del Estado.

ftinajero @elcomercio.org