17 de agosto de 2014 23:30

Epidemias

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Monseñor Julio Parrilla
jparrilla@elcomercio.org

Se llamaba Miguel Pajares, sacerdote, español, misionero en Liberia, país al que dedicó la mayor parte de su vida adulta, muerto a causa del ébola, a pesar de ser repatriado con vida y atendido por un equipo médico altamente especializado. Un muerto más entre tantos... Y, sin embargo, su vida y su ministerio emergen en medio de la tragedia como un faro de luz: todavía hay hombres y mujeres que aman al hermano más que a la propia vida. Son personas (los santos y los héroes anónimos) que nos recuerdan que, en medio de las epidemias, más o menos letales, que asolan este mundo, hay que permanecer, resistir, luchar y mantener vivas la fe y la esperanza. Las imágenes de una pequeña comunidad de Hermanos de San Juan de Dios en el pequeño y precario hospital dan la medida de un corazón cristiano.

El ébola es una pandemia horrorosa, que recuerda la peste negra que asoló Europa en los años de hierro, cuando pueblos enteros desaparecían retorcidos por el dolor. Pero es también una gran oportunidad, más allá del sufrimiento que supone, para el ejercicio de la solidaridad entre los pueblos y para comprender, una vez más, la fragilidad del planeta y de la vida humana. Las fronteras se vuelven invisibles ante la fuerza del contagio. Toca luchar cada día para salir adelante y comprender que no sólo el ébola oscurece nuestro horizonte. También occidente tiene sus miserias...

La sociedad occidental, en la que estamos metidos y globalizados, padece hoy tres grandes epidemias: la epidemia del estrés, puesto que no hay tiempo para nada y las prisas nos envuelven hasta el punto de no permitirnos vivir de forma humana y reflexiva; la epidemia de la depresión (la tristeza capaz de agobiar y hacer llorar al payaso, ¿se dan cuenta del poder de la risa de Robin Williams para ocultar el llanto?); la epidemia del desamor, cuando todo se compra y se vende, que desemboca en terribles soledades...

Tendemos a juzgar la historia y el desarrollo de los hombres y de los pueblos por el nivel de vida, la calidad de los servicios públicos, la renta per cápita, la capacidad de consumo...Pensamos que una epidemia como el ébola es un signo más del atraso africano. Nos olvidamos que, de hecho, todos estamos globalmente amenazados, y no sólo por el ébola, sino por todas las epidemias que cuestionan y destruyen nuestro modo humano de vivir.

Quizá muchos piensen que la vida y la muerte de Miguel Pajares y de sus compañeros en un humilde hospital de Liberia ha sido un derroche inútil. ¿Será mejor morir cómodamente sentado en la butaca, con la pantuflas puestas y la TV encendida, ausentes de todo? No hay muerte inútil cuando se ama. Este es el misterio de la Iglesia y de la vida, lo que un humilde cura nos grita con su silencio: todas las epidemias se afrontan con amor, solidaridad y entrega de la vida.

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