Milton Luna

Tras el cascarón

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Si el 65,3% de docentes en el país tiene un puntaje de 6 y 7 sobre 10, en la última evaluación docente, notas medianas tirando a malas, no podemos menos que preocuparnos por la pervivencia del viejo problema estructural de calidad de la educación. Si no tenemos profesores bien preparados, pagados y estimulados, jamás tendremos buena educación.

¿Pero que se esconde tras estos números? Se pueden ensayar varias preguntas e hipótesis: ¿Recibieron los docentes la capacitación adecuada para enfrentar la evaluación? Tal parece que no. ¿Fracaso de la política de formación y capacitación docente del MinEduc? Es lo que se puede pensar después de casi una década de altísimos y generosos desembolsos en cientos de horas de capacitación. ¿Los temas y contenidos de esos cursos fueron los adecuados? ¿Los facilitadores fueron los mejores? ¿Los textos, libros, artículos que leyeron los profesores en estos cursos tuvieron contenidos pertinentes y actualizados?

Pero hay otros elementos que explican el deterioro de la calidad docente. Mientras se construían y publicitaban las escuelas del milenio, embobando a militantes y opositores de la Revolución Ciudadana RC, se cerraban los institutos de formación inicial de profesores para educación básica y, por la delirante reforma universitaria y la prueba ENES, las facultades de educación de las universidades del país entraban en crisis severa, dejando de formar maestros para la secundaria. Y la nueva universidad para la educación de Cañar gatea. Además, ante la demanda de nuevos profesores de un sistema en expansión, se abrió las puertas del magisterio fiscal a decenas de miles de profesionales fracasados en su profesión y sin ningún conocimiento ni destrezas de pedagogía.

Pero hay que reconocer que llama positivamente la atención, que a pesar de la mala formación y capacitación promovida por el MinEduc, un 94% de los maestros, superando la agobiante tarea diaria de dictar 30 horas de clases a más de 100, 200, o 300 estudiantes, en aulas abarrotadas, llevando a sus casas trabajos y exámenes para calificar; llenando aburridos formularios con planificaciones y miles de datos de sus evaluaciones, ha sacado tiempo para autoformarse, para aprobar la evaluación del Ineval, cuyo diseño y contenidos, algún momento serán evaluados.

Enseñar en condiciones precarias, menos democracia, disciplinamiento, miedo a perder el trabajo, presión del novísimo sindicato oficial para sumarse a las concentraciones gubernamentales, mayor estrés y depresión, conducen a la docencia a constituirse en una actividad repetitiva, sin capacidad de crítica y creatividad. Todo ello deteriora la calidad de la educación y desprestigia a la profesión docente. Tras el cascarón de la propaganda, aparece el verdadero rostro de la política educativa de la RC.

mluna@elcomercio.org