Editorial de diario El Tiempo

Una historia de la I Guerra Mundial

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17 de agosto de 2014 23:55

Eduardo Posada Carbó / El Tiempo, Colombia, GDA

La mitad de los soldados británicos que lucharon en el Frente Occidental durante la Gran Guerra –una trinchera de 700 kilómetros entre la costa belga y Suiza– cayeron muertos o heridos en combate o capturados por el Ejército alemán. El capitán de infantería John Michael Jerwood fue uno de los muertos, el mismo día en que los ­alemanes lanzaron la ‘Ofensiva de primavera’, el 21 de marzo de 1918.

Dos años más tarde, en noviembre de 1920, Alfred Heiliger, comerciante de Düsseldorf, quiso comunicarse con la familia Jerwood. Un exoficial alemán, amigo suyo, conservaba pertenencias de “un oficial británico que murió en sus brazos”. Entre ellos, una carta con la dirección de la firma londinense Buller & Co. que le permitió dar pronto con el paradero de los Jerwood.

“Me alegra saber que ha sido posible encontrar a sus parientes”, escribió Heiliger pocos días después, mientras adjuntaba las cosas que su amigo había encontrado al lado del cuerpo del capitán británico: un relicario, una carta que Jerwood nunca pudo enviar a su esposa, ocho fotos familiares y otros documentos. Heiliger se ofrecía como intérprete para un encuentro con el exoficial alemán, quien no hablaba inglés.

El encuentro no se produjo. Pero Cecilia Jerwood, esposa del capitán muerto en aquella ‘Ofensiva de Primavera’, le escribió a Heiliger para solicitar cualquier información sobre las circunstancias de la muerte de su marido.

La carta del exoficial alemán Toni Bollé, en impecable manuscrito de tinta violeta, fechada el 10 de febrero de 1921, es un documento extraordinariamente conmovedor. Heiliger lo tradujo al inglés en carta a la Sra. Jerwood, a quien remitió también su original.

“Procedíamos de la finca La Folie hacia el pequeño pueblo de Benay”, le escribió Bollé a la Sra. Jerwood. Como parte de las tropas alemanas de ataque, sus movimientos eran cubiertos por cargas de ametralladoras que volaban encima de sus cabezas mientras intentaban alcanzar una altiplanicie. “Allí encontré a su marido, tendido, al frente de sus tropas”.

Sangraba, fatalmente herido. “Traté de comunicarme con él”. Cerca de su cuerpo se encontraban la foto de una joven mujer y unas cartas que Bollé le mostró para cerciorarse de que eran suyas. Jerwood asintió con la cabeza. “Entonces traté de darle té, pero apenas tomó unos sorbos. No podía hablar. Solo
me miró con sus grandes ojos y sostuve su mano en la mía”.

Era el final. Jerwood lo anticipó con un apretón de despedida. Bollé le cerró los ojos y se puso en marcha: “El deber me llamaba; no pude hacer nada más por él”. Terminaba su carta a la Sra. Jerwood con una súplica: “Le ruego le diga a su pequeño hijo que su padre murió como un soldado valeroso”. Heiliger añadió al final de su traducción, en consuelo: “Mi hermano también murió en combate, en el lado alemán, casi el mismo día que su marido”.

Toda familia tiene una historia cercana de aquella guerra.

La que acabo de narrar es la de mi suegro, quien conserva estos preciosos documentos en memoria de tanta tragedia.