Abelardo Pachano

Estrangulada

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Esta podría ser otra forma de ver lo que le ocurre a la economía nacional. No tiene dinero suficiente para cubrir sus necesidades fundamentales. Al Gobierno le falta plata. A la balanza de pagos le sucede algo parecido. Las empresas sienten que sus disponibilidades flaquean. Los bancos pierden depósitos. En los hogares hay temor a los despidos. Algunos ya recibieron esa mala noticia. Las clínicas y hospitales no logran cobrar lo que el IESS y el Gobierno les deben. Los atrasos aumentan. Los municipios ya entraron en el juego. Ayer fue el IESS. Luego las Fuerzas Armadas. Ahora son las universidades. Las cadenas de pago están rotas. El BCE rompió su paradigma. Financia el déficit.

Ni modo, esa es la realidad. Darle la vuelta a todo este enredo no parece algo sencillo. Las complicaciones se multiplican. Ya no es solo un problema fiscal. O externo. O monetario. Sufren los embates las actividades productivas y con ellas los trabajadores. Aparecen nuevas actividades contagiadas. Ya es una crisis múltiple con daños en la estructura que tomará años en repararlos. Ese es el costo de políticas con tipo de cambio rígido. De ahí que el camino esté marcado hacia un mayor dolor mientras no se encuentre la forma de suplir, de una forma ordenada y programada, el dinero perdido.

La ventaja que le defiende de tanto avatar al país, aunque parezca contradictorio es la bendita dolarización. Es un dique que contiene, con mucho esfuerzo, las presiones de los desequilibrios conocidos. Protege los patrimonios privados, los ingresos comunes de los que todavía trabajan y, por eso, la gente no siente tanta angustia. Sin ella, la similitud con Venezuela, en lo relativo a devaluación, inflación y déficit fiscal no sería muy distante. Del empleo ni quiero imaginarme, pues el modelo ecuatoriano no ofrece seguridades. Por ahí el desfogue es más acucioso.

Por eso, cuando se escuchan opiniones que no aceptan la existencia de este estrangulamiento y se niegan a reconocer que no hay otro camino, porque no lo hay, que el de retornar -y respetar- a los viejos, pero sabios macroequilibrios, lo único que ocasionan es mayor ofuscación en los ciudadanos y la desorientación del país.

No hay solución milagrosa ni instantánea. Como dice un buen amigo: la calavera es ñata. Todos, que quede bien claro, todos debemos compartir los costos. Ya son inevitables. Alguna vez debe sobresalir la solidaridad. Sin ella, con egoísmo o una visión miope-divisionista, racista, excluyente, el Ecuador seguirá deambulando mientras el mundo camina hacia derroteros definidos.

Y, por eso sigo insistiendo hasta el cansancio: hay que pensar a largo plazo. Superar las diferencias. Buscar consensos, ayudará a mitigar lo que se viene.

apachano@elcomercio.org