Fabián Corral

Dominio y gobierno

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El populismo y sus consecuencias más evidentes –la concentración de poderes, la supresión de las libertades, la personalización de la autoridad y el descrédito de la legalidad- plantean cuestiones de fondo acerca de (i) si nuestras democracias generan un sistema de dominio personal sobre la sociedad, si privatizan el poder público; o, (ii) si producen legislaturas y gobiernos en línea con la tradición republicana. (iii) Sugieren, además, la interrogante de si la población y los caudillos que la manipulan, están sometidos a los límites de la ley, o, (iv) si son un peculiar “autoritarismo de masas”, más aún, si el pueblo y su presunta voluntad, están sometidos a la Constitución o están exentos de las normas

1.- La reelección indefinida es contraria a la República.- En este tema, la discusión se ha circunscrito a la coyuntura, y ha girado en torno al disparate aquel de que la prohibición de reelegirse atentaría contra los derechos adquiridos por el caudillo de ocasión, esto, bajo el equivocado entendimiento de que el gobierno sería un patrimonio privado al que se podría acceder acomodando las normas a los intereses (los derechos) de una persona concreta o de su partido.

La república nació como alternativa al poder absoluto, y al poder vitalicio de los monarcas. Autoridad sin obstáculos y autoridad eterna fueron parte sustancial del Antiguo Régimen. Por lo mismo, los límites legales y temporales al gobierno, el principio de responsabilidad política, la sujeción a la ley por la autoridad, y la alternabilidad en el ejercicio son elementos filosóficos e históricos que aluden a la sustancia del régimen republicano.

El poder perpetuo es uno de los fenómenos asociados con dictaduras, ya se originen en golpes de Estado, en revoluciones o en manipulaciones de la democracia. El poder perpetuo, por la vía de “la democracia electoral”, fue tesis y práctica de los socialismos y de los autoritarismos que han plagado el continente a partir del Foro de Sao Paulo: llegar al gobierno, cambiar las reglas del juego, modificar la constitución, propiciar la reelección indefinida…y quedarse. Todo esto, una vez que la revolución caducó como forma de llegar a la dominación.

2.- La reelección indefinida es contraria a la libertad de elección.- La posibilidad de competir con el gobernante-candidato que emplea el poder para promover su candidatura, es casi imposible. La reelección está asociada con el uso de los mecanismos estatales de propaganda, con el descrédito del adversario y la satanización de todas las opciones que no sean las del caudillo o su proyecto. Es absolutamente improbable que los organismos electorales dependientes ejerzan algún control sobre el candidato-presidente que pretenda perpetuarse, peor aún si el candidato-presidente cuenta con la formidable maquinaria estatal, que es la misma que se emplea para “promover” la obra pública y controlar a los medios. En esas condiciones, la libertad de elección se ve gravemente condicionada. No hay competencia legítima. Hay monopolio de la acción política y supremacía absoluta del “proyecto oficial” sobre cualquier otra propuesta.

3.- La alternabilidad y la responsabilidad política.- La responsabilidad política de los gobernantes y legisladores -que es distinta de la responsabilidad penal, administrativa y civil- es un tema casi olvidado en la democracia decadente que vivimos. No se trata solamente de la obligación de indemnizar por los “daños tangibles” provocados por acción u omisión estatales, a los que se refiere la Constitución (Art, 11, Nº 9). Se trata de asumir las consecuencias perjudiciales que provoca sobre las personas y la sociedad la aplicación de modelos políticos fallidos, el manejo errado de la economía, la emisión de leyes –aunque formalmente sean perfectas-, que conspiran contra las libertades y menoscaban los derechos individuales. Esa clase de responsabilidad solo es posible cuando hay alternabilidad, renovación institucional, cambio efectivo en los organismos de control, autonomía real de los jueces. La reelección indefinida asegura el control monopólico que elimina las posibilidades de establecer responsabilidades políticas.

4.- La reelección indefinida mata el entusiasmo por la democracia real.-La permanencia prolongada, o indefinida, de cualquier gobernante en el poder, mata la capacidad democrática de la población, su creatividad y entusiasmo, menoscaba la posibilidad de contar con partidos o movimientos que no sean simples clubes electorales, destruye la posibilidad de debatir los temas de fondo, elimina la “cultura política” y la independencia académica, y las reemplaza por esa curiosa “cultura de la sumisión” o del acomodo, que registran Cuba, Venezuela y Nicaragua, y que se mostraron con claridad en los tiempos de las dictaduras de todos los signos.

5.- La democracia como incertidumbre.- Hay quienes sostienen las bondades de los sistemas de reelección indefinida con el argumento de la estabilidad política, como si fuese necesariamente una virtud. La estabilidad puede ser trágica si permite la permanencia de un régimen autoritario, aunque fuese de origen “democrático”, si afianza sistemas de corrupción, si desconoce los derechos de las personas. El problema en América Latina es que el presidencialismo reelegible, termina confundiéndose siempre con las autocracias. Tanto la democracia como la libertad y su ejercicio son realidades inciertas, riesgosas y a veces incómodas. Es necesario asumir esa incertidumbre. La solución razonable, pero no definitiva, es la seguridad jurídica y la estabilidad normativa derivadas de un sistema legal que se inspire en la razón, en la libertad, en la verdad y en la justicia.

fcorral@elcomercio.org