Alfredo Negrete

Desidia diplomática

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anegrete@elcomercio.org
Cuando las circunstancias apremian o son urgentes, la política exterior de América Latina, en vez de continuar un ritmo continuado y coherente, inexplicablemente sigue una ruta cardíaca: sístole y diástole. Acaba de suceder en estas semanas.

El cambio del Secretario General de la OEA fue fundamental. Esta mutación permitió la sustitución de una conducción chavista, en contradicción con los principios de la organización, por una reivindicación institucional; en consecuencia, fue un primer paso para defender la democracia en la tierra de Bolívar.

Luego fue fundamental la actitud y decisión del entonces recién electo presidente de Argentina, Mauricio Macri, que sin esperar su posesión, irrumpió en el ámbito continental proponiendo la separación de Venezuela de Mercosur por la constante violación de los derechos humanos a los opositores políticos. Convulsionó la escena continental y alertó a los países como Chile, Perú y Colombia; además, logró neutralizar al decadente gobierno de Dilma Rousseff en Brasil produciéndose, un temporal aislamiento del régimen que preside Nicolás Maduro.

Los resultados se acentuaron. Un estrecho triunfo que se vaticinaba se convirtió en una aplastante victoria de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). A continuación ha seguido un incomprensible armisticio unilateral por parte de los mismos países y Venezuela sigue liberada a una suerte marcada por la incertidumbre: o se mantiene el frágil sistema democrático o irrumpe una confrontación donde no será una sorpresa la violencia y el fin del Estado de Derecho.

Las palabras del Embajador ecuatoriano en Caracas, aunque funestas, pueden ser reales. El chavismo tiene la mayoría de los poderes nacionales y federales; es la primera fuerza política, pues la MUD es un conjunto de partidos y el gobierno goza de una capacidad de movilización importante y hasta de una guardia de choque. De ahondarse esta situación, la decisión corresponderá al poder militar, cuyo arbitraje puede carecer de legalidad, pero dispone de los instrumentos de persuasión y acción como sucede en los países de escasa institucionalidad.

Los países democráticos del continente están obligados a rápidas medidas de prevención para que se respete la voluntad popular y que las relaciones entre los poderes Legislativo y Ejecutivo siga estrictamente el rigor de las disposiciones y procedimientos constitucionales.

Con la instalación de la nueva Asamblea Nacional se dilucidará el dilema de comprobar si se respetarán los resultados por los que votó el pueblo venezolano. Por eso, debido a estas circunstancias y al clamor internacional, se conocerá si existe la capacidad política de la Asamblea para decretar inmediatamente la amnistía para los presos políticos.

Los fanáticos podrán alegar que las revoluciones desde arriba están sobre las constituciones y las leyes, pero olvidan que nunca sobre la voluntad de los pueblos. Basta repasar la historia occidental partiendo de la Revolución Francesa. Los caudillos son una sola voz, los pueblos un coro enardecido.