Columnista Invitado

Deforestación, enemiga de la vida

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Fander Falconí Benítez

Casi la tercera parte de la Tierra está cubierta por bosques, casi 4 000 millones de hectáreas. De esa tercera parte, 5 países concentran la mitad del total de área de bosques: Rusia, Brasil, Canadá, EE. UU. y China (según estudio “Situación de los bosques del mundo 2011” de FAO, ONU).

Esa enorme superficie de bosques decrece día a día, en especial en Suramérica y África. Aunque en los países ricos está disminuyendo, por controles estrictos, continúa avanzando y, además, el daño ya está hecho, tras siglos de explotación irresponsable. Algunos años atrás, había países que maquillaban sus estadísticas y rehusaban dar detalles. Hoy eso sería imposible: los satélites lo saben todo.

América Latina y el Caribe tienen una riqueza ambiental envidiable. Tenemos todavía una reserva cuantiosa de recursos forestales (46.7% del total de superficie), pero perdemos recursos forestales en forma acelerada ( decrecimiento de 9.2% entre 1990 y el 2011).

Si la deforestación anual se reduce, gracias a la acción combinada de la naturaleza y el ser humano (crecimiento natural de los bosques y reforestación), parecería lógico incentivar ambas actividades. En el primer caso, que es en realidad el mejor método de recuperar la superficie deforestada, lo único que puede hacer el ser humano es cuidar de los bosques ya existentes y crear las condiciones adecuadas para su crecimiento natural. Pese a ser el mejor camino, es más lento que el otro: la reforestación y por eso se han emprendido masivas campañas. No obstante lo beneficiosas que resultan estas actividades de forestación y reforestación, nunca se recupera en su totalidad lo que se ha perdido. A la hora de hacer cuentas ecológicas, el saldo sigue en rojo.

La reforestación nunca recupera el bosque original, con un altísimo grado de biodiversidad, funciones de vida establecidas desde hace milenios y más. Los bosques tropicales originales son insustituibles en biodiversidad. Su antigüedad les ha conferido la más alta complejidad ecológica. Una plantación de árboles no es un bosque y contiene poquísimas especies, si se la compara con un bosque original. Esto se evidencia aún más cuando hablamos de manglares, cuya pérdida es irreparable. Los manglares son bosques pantanosos costeros, fuente de alimento para muchas especies y capaces de sobrevivir entre agua dulce y salada. En los manglares coexisten culturas humanas. Durante la marea alta, sus raíces aéreas captan el oxígeno y lo transportan a las raíces que lo sostienen en la tierra cubierta por agua salada. Mientras, las raíces subterráneas absorben nutrientes del agua salada. Una capacidad única que podría darnos la clave para sobrevivir en un futuro escaso de agua dulce. Y eso nos lleva a enfatizar en otra pérdida insustituible: la de información. La información contenida en el bosque original incluye el bioconocimiento potencial, con valiosa información genética y biológica.