Óscar Vela Descalzo

Cuadernos de Diego Pérez

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Hace pocos días Diego Pérez Ordóñez presentó su libro denominado “Cuadernos de Puembo”. La obra, que comprende una selección de artículos relacionados con música y literatura, es en palabras del autor: “La materialización de un blog, la recuperación en papel de una tentativa digital”.

Esta joya de papel, tanto en la forma como en el fondo, está dividida en tres secciones. La primera denominada “Delta Blues Hotel”, que abraza los orígenes del blues (una de las adicciones de Pérez Ordóñez), relatando la historia de Robert Johnson, uno de los intérpretes más importantes de este género, y de quien se dice que habría hecho un pacto con el demonio (similar al del Dr. Fausto y otros convenios conocidos), que consistía en un acuerdo para cambiar su alma por el talento para tocar la guitarra como ningún bluesero lo haría jamás. El viaje musical que propone esta obra traza una línea entre África, Mississippi y Londrés, y tiene como acompañantes además a Bessie Smith, a W.C. Handy, y un poco más adelante a los rockeros clásicos escindidos de las notas del blues como Led Zepellin, Pink Floyd, Ok Computer, Fleetwood Mac, entre otros.

La segunda parte de este libro se titula: “Galería de Estetas y Diletantes”, y, en efecto, los que se encuentran allí reunidos son un grupo de escritores de pluma estilizada, virtuosos de la palabra, artistas de la ficción y censores de la realidad. Allí está por ejemplo la prosa desarraigada y melancólica del húngaro Sándor Márai, el voyeurismo delirante de los personajes de Javier Marías, la elegante y depurada narrativa de John Banville, los oscuros entresijos de Benjamin Black y Clarice Lispector, el juego de los espejos de Borges, las melancolías de Rybeiro y Alfredo Gangotena, y otras tantas piezas de un artesonado magnífico.

En la tercera sección, Pérez Ordóñez, expone sus “Onanismos Mentales”, que discurren entre los personajes literarios que se caracterizan por ser maniáticos coleccionistas de los objetos y talentos más insospechados o entre la filigrana tejida en la obra de Proust y la laberíntica Región de Juan Benet; entre la crudeza de Virgnia Woolf y la subterránea Nueva York de Paul Auster. Y allí, en uno de los capítulos de este desfogue intelectual del autor y sus lectores, se encuentra este precioso párrafo sobre las bibliotecas como entes únicos e irrepetibles: “Es que no hay, y no es posible que existan, dos bibliotecas iguales. Aunque alguien hiciera el paciente pero estéril ejercicio de repetir libro a libro y página a página los contenidos de los estantes, las ilusorias bibliotecas repetidas serían necesariamente distintas e incomparables, porque cada lector tendría su propia versión de los hechos, su propia historia que contar, su propia caja fuerte de la memoria”.

Se recomienda acompañar la lectura de “Cuadernos de Puembo” con un martini como el que Pérez Ordóñez se habría tomado con Clarice Lispector, o con un whisky de botella recién abierta a la memoria de Robert Johnson.

ovela@elcomercio.org