Lolo Echeverría Echeverría

Creadores de riqueza

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El estereotipo pinta al empresario como un personaje codicioso, insensible ante las desigualdades sociales y corruptor de los políticos. Esta parece ser también la idea que la Revolución Ciudadana tiene de los empresarios y ha completado el estereotipo con la suposición de que todos evaden impuestos y consideran al Estado un simple gendarme del orden público.

Con este estereotipo en mente, era natural que la Revolución pusiera al empresario como blanco de su retórica más corrosiva, que desearan “virar la tortilla” y, últimamente, ofrecieran reducir las utilidades y limitar los salarios de los directivos que son, propiamente, los profesionales del empresariado. Ya que todo esto ahuyenta las inversiones nacionales y extranjeras, reduce la audacia, la innovación, los puestos de trabajo, el nivel de confianza; a sabiendas de que es la empresa privada la que genera riqueza y desarrolla al país, y no el Estado, conviene repasar las características del empresario.

En el pensamiento clásico se identificaba al empresario con el dueño del capital, era propietario, dirigía personalmente la empresa y asumía los riesgos. Las utilidades eran consideradas como la recompensa del capital. Actualmente las empresas son tan complejas que ya no pueden ser gobernadas por una sola persona; requieren de un gobierno colegiado integrado por profesionales de distintas especialidades, economistas, ingenieros, abogados. Los inversionistas ya no son considerados empresarios, pues no dirigen la empresa, sino que se limitan a exigir sus beneficios; los empresarios son los profesionales que toman las decisiones. El empresario es el cuarto factor de la producción junto a la tierra, el trabajo y el capital.

La esencia de la empresa era la incertidumbre, pues tenía que pagar por anticipado mano de obra y materia prima, basada en la hipotética venta de la producción y la confianza en una demanda calculada. Si los cálculos eran erróneos la empresa tenía pérdidas en lugar de ganancias.

Más adelante se concibió al empresario como un innovador, capaz de inventar nuevos productos, encontrar nuevos mercados o nuevos modos de producir para lograr el monopolio temporal y beneficios extraordinarios. Cuando el mercado copia el producto o el modo de producirlos, las ganancias vuelven a ser ordinarias. La búsqueda permanente de la innovación le convierte al empresario en motor de la economía, impulsor del progreso tecnológico y factor fundamental del sistema.

Otra caracterización del empresario es la intuición para descubrir nuevas oportunidades. Si inventa nuevos productos, detecta mercados, es innovador, impulsa el progreso tecnológico, administra profesionalmente, genera puestos de trabajo, paga impuestos y además arriesga su capital, no puede ser enemigo del Estado. Si el Estado busca el desarrollo, no puede ser enemigo del empresario.

lecheverria@elcomercio.org