María Cárdenas R.

Consecuentes

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Una vez más, hay aires de cambio. Un paso para adelante, quizá dos. Habrá que ver si no continuamos bailando como el cangrejo, uno para adelante y dos para atrás. Hay aires frescos y nos deja expectantes. ¿Será que, en estos días, nos descuidamos, dedicando tiempo a la familia y a las festividades y, despertamos con una realidad diferente, de reciclajes no merecidos, de novedades judiciales inesperadas e incomprensibles?

¿Se irá?, la representante del pasado con cabello fogoso y corazón defensor de un paraíso existente para pocos, poquísimos, esos que sí lograron mantener la gran mentira y cubrir de falsas esperanzas a un pueblo cuyos derechos humanos han sido pisoteados, su dignidad abucheada, sus necesidades vitales abusadas. Debe partir. Por voluntad y convicción propias, sobretodo, si conocía, lo que el resto dominó sólo gracias a un desliz de quien comparte sus alucinaciones. Rodeada de lujo en un sector residencial conocido como tal. Su tropa de autos y guardaespaldas estacionados donde incumple la ley y pone en peligro al resto, los normales transeúntes y choferes, ya que no comprendemos de quién necesita tanta protección. Alimentándose en los restaurantes más caros de la ciudad. Sus aires y palabras recuerdan siempre a la década perdida, sus declaraciones contrarias al entendimiento de la mayoría ecuatoriana.

Debería experimentar lo que tanto defiende. Correspondería que se despoje a sí misma de todo privilegio que le brinda un puesto que no merece porque no respeta ni defiende los intereses del mandatario y, menos, del mandante. Una vez, aceptada su propia realidad, que tome una mochila, lleve la mayor cantidad de medicinas y alimentos posibles, deje los tacones y la ropa de marca y por bus se introduzca, sin autos ni guardaespaldas, en el paraíso de igualdad supuesta, de revolución de camisa roja, de demasiados presos políticos, de hambre y falta de medicamentos básicos. Que experimente lo que tan decididamente predica desde uno de los más privilegiados puestos que tiene una nación. Que viva su ideología en carne propia, con la misma pasión que habla y, con corazón ardiente, defiende. Que se sincere con sus ideas y se lleve a los compinches que aún predican lo mismo. Una vez despojada de los privilegios que ha gozado por tanto años, que no se le permita ser reciclada, nuevo término político de la década que se alarga, o arrepentirse de lo que defendió tan amorosamente.

El país se merece respeto. Su pueblo vencerá junto al mandatario cuando dejemos de tener contradicciones tan abiertas y desvergonzadas. Cuando quienes nos representan sean más similares, serios y experimentados como el nuevo embajador ante los Estados Unidos.

Que el 2018 nos traiga realidades consecuentes con las promesas, con los discursos y palabras sueltas, dejando atrás los espejismos de justicia y condenas que mismo no son, y supuestas revoluciones que dañan.

Que el año nuevo sea consecuente, de definiciones firmes que permitan al Ecuador desarrollarse con vistas al futuro.

mcardenas@elcomercio.org