Xavier Andrade

En la feria de Carondelet

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El delirio y el despilfarro en cuanto a gestión museal concierne se encuentran en el, así llamado, Museo de Carondelet. Que sea el más visitado en el país se explica, primero, porque no hay entidades mayores en la capital: el proyectado Museo Nacional parece seguir en las nebulosas. Segundo, se encuentra localizado en el epicentro del consumo turístico y en el Palacio de Gobierno, siendo paso obligado de despistados visitantes. Tercero, fue lanzado con bombos y platillos por parte de Correa días antes de que dejara el poder. Su frenesí se explica.

Muestra de megalomanía pura, el vitrinazo fue armado pensando que su memoria debía ser exaltada a la eternidad a través de un repositorio de los regalos que recibieron él y Glas como mandatarios. Dos millones y medio de dólares en bienes constituirían este “fondo”. Considerado como “obra artística” para justificar su contrato, su producción y montaje costó USD 446 800 más IVA, convirtiéndolo, quizás, en la feria artesanal más cara del mundo por metro cuadrado. Un tour de la feria –recomendado en momentos en los que dicha entidad se ha tornado en un monumento a la banalidad de la gestión cultural de la “revolución ciudadana”—avanza una lectura plana de la historia cuya cumbre evolutiva se encuentra, claro, en la asunción de Correa al poder. Para ello, se incluyen varios artefactos, tales como la banda presidencial que utilizara, retratos múltiples destinados a dar cuenta de las elecciones que ganara, y un discurso que lo equipara a Eloy Alfaro.

Ejercicio de antropología cara y burda. De los objetos expuestos entre la decena de miles que, oficialmente, el presidente del pasado recibiera, el visitante –obligado a recorrerlo mediante toures y afanosas mediadoras pagadas para hablar bien de la “revolución”—se encuentran piezas variadas: desde estribos de plata donados por Humala hasta esculturas costumbristas, caricaturas del mundo andino ofrendadas por Evo. Emergen, así, contradicciones entre la agenda colonialista, ejemplificada por artefactos directamente derivados de la explotación minera en tierras indígenas, y, por otro lado, otros que crean una adefesiosa idea de lo autóctono.

En otro ejemplo, el “pabellón” de los títulos Honoris Causa de Correa, hace pensar, por su ausencia, en el “Fondo Jorge Glas Espinel”. Relojes y machetes, entre otros, abonan a ilustrar el conmovedor desapego del ex-mandatario.

La servil metanarrativa que constituye este engendro es una alucinante propaganda partidista. La curaduría: cruda y cínica formulación sobre “la construcción de la nación” en un museo que representa diáfanamente la “década ganada” (al menos para los bolsillos de las y los contratistas del caso). Se preguntará Carondelet, ahora, qué hacer con este bodrio?