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¡Ah, la nostálgica lengua de Azorín, en La ruta de don Quijote, al narrar su camino por los viejos pueblos de La Mancha, tras las huellas del hidalgo, entonces, de tres siglos de existencia: 1605-1905!

En memorable página, el autor cuenta cómo los viejos hidalgos de El Toboso reafirman la procedencia de Miguel de Cervantes; ‘Miguel’ lo llaman, muy familiarmente, y si no pugnan por atribuirle el mismísimo Toboso como su lugar de procedencia, si se lo asignan al abuelo de Miguel… “Sí, era manchego –dice don Jesús. –Era manchego, añade don Emilio. –¡Ya lo creo que lo era!–exclama don Diego, levantando la cabeza y saliendo de sus remotas ensoñaciones. Y don Silverio agrega, dando una recia voz: -pero váyales usted con esto a los académicos!

Y la gran palabra ha sido pronunciada. ¡Los académicos! ¿Habéis oído? ¿Os percatáis de toda la trascendencia de esta frase? En toda la Mancha, en todos los lugares, pueblos, aldeas que he recorrido, he escuchado esta frase, dicha siempre con una intencionada entonación. Los académicos, hace años, no sé cuándo, decidieron que Cervantes fuera de Alcalá de Henares y no de Alcázar de La Mancha; desde entonces, poco a poco, entre los viejos hidalgos manchegos ha ido formándose un enojo, una ojeriza, una ira contra los académicos. Y hoy en Argamasilla, en Alcázar, en El Toboso, en Criptana, se siente un odio terrible, formidable, contra los académicos. Y los académicos no se sabe a punto fijo lo que son; los académicos son, para todos, algo como un poder oculto, poderoso y tremendo; algo como una espantable deidad maligna, que ha hecho caer sobre la Mancha la más grande de todas las desdichas, puesto que ha decidido con sus fallos inapelables y enormes, que Miguel de Cervantes Saavedra no ha nacido en Alcázar. Los académicos -dice don Emilio con profunda desesperanza- no volverán de su acuerdo por no verse obligados a confesar su error”…

Lo leí el domingo y aunque tenía in mente mi artículo para este martes, cómo no aprovechar y releer con ustedes la formidable contienda, si esta tarde se presentan en nuestra sede dos obras póstumas del académico Hernán Rodríguez Castelo, tremendo por ‘digno de respeto y reverencia’, de recio carácter, aunque de corazón blando y generoso; si estoy viéndole sonreír ante la parrafada de Azorín y afirmar y negar, al mismo tiempo. Si siento, al evocarlo, enorme nostalgia; si capto su incertidumbre, cómo no preguntarme por qué, desde la condición de académicos, podemos ser aún, incomprendidos.

Esto tiene condumio: qué pena no tratarlo largamente, pues las obras que deja la mayoría de los académicos que en el mundo han sido, las que, en este caso, se presentan, lo merecen: el segundo volumen del monumental “García Moreno”, que comprende la correspondencia del expresidente y su hermenéutica, y la biografía de Miguel Riofrío son mérito del gran académico de la Lengua y de la Historia que Hernán fue y siempre quiso ser. ¡Doblemente inmortal?, ¡poder inmenso! ¡Habrase visto!...