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El pequeñito, de año y medio todavía, llegó a casa con los zapatos más lindos que podemos imaginar: mocasines chiquitos de cuero negro, suaves como guantes, cosidos a mano con pespuntes blancos; fue un encanto sentirle orgulloso de sus zapatitos; al verlo, uno de sus tíos exclamó con ternura: “¡Zapatos domingueros!”, y todo volvió a mí…
No sucedió como con la evocación de la magdalena de Proust, ese pancito francés en forma de media luna remojado en té que abrió los recuerdos del genial francés y dio origen a los siete volúmenes de su infinito “En busca del tiempo perdido”.

Modestamente, con la fuerza y la alegría triste del recuerdo, los zapatitos de domingo de mi nieto evocaron el barco, el viaje, la libertad de la adolescencia en Madrid, llena de amistades y alegría: ¡los zapatos de España!... ¡Que todos los despertares adolescentes se dieran así!... ¿Hay aún, en este mundo ‘de abundancia’, niños sin zapatos? Los indiecitos en la hacienda corrían con nosotros con la velocidad de sus pies acostumbrados a todas las rutas; atravesaban el río orgullosos de su poder desnudo para sentir la arena, la tierra, las piedras; trepaban a las ramas más altas de los árboles… Aylan, el niñito ahogado en el Egeo –mar de destinos altos, lame las costas turcas por el norte, y las de las islas griegas de Citera, Creta, Rodas, con la luz de su historia, por el sur-; mar de siglos y batallas que puso a descansar el pequeño cadáver en una playa turca, ‘indignando’ por corto tiempo, al mundo. En las fotos del niño, los pies lucen zapatitos que fueron de huida, últimos para siempre…

¡Ilusión incomparable de los zapatos nuevos!… Desde Cuenca, ya en Quito, mamá decidió que ese año me compraría zapatos en lugar de botines –lindos, negros o blancos, de Calero, pero botines al fin que, según ella, forzaban a mis pies a no caminar con las puntas hacia adentro. Fue un lunes: entonces, los almacenes no abrían los domingos. Orgullosa de mis zapatos blancos de punta redonda, de cordón, sólidos y seguros, llegué al colegio a la hora del recreo y fui a explicar a la madre Cecilia la razón de mi atraso. La monja de tercer grado, la mejor profesora de lengua de esos aún cortos años, dicho sea en su honor, corregía innumerables cuadernos en el aula.

Como ella estaba en la clase de tercero, fui a buscarla oyendo, arrobada el incomparable eco de mis zapatos nuevos sobre las tablas del viejo, encerado y limpio piso de las aulas vacías que atravesaba en el camino. Ella me miró desde el tablado profesoral, y cuando me acerqué a explicarle gozosa la razón de mi atraso, dijo, en alta voz: ¡No tiene que explicarme nada ¿acaso no he oído el ruido de sus zapatos, tan feos, en las tablas?

¡Sentí la distancia, la lejanía inabordable: desde el ‘usted’ horrible con el que hasta hoy ponen distancia los maestros respecto de los alumnos, hasta su rostro duro, vengativo, airado, ‘superior’! La sentí lejos, lejos, en mi desilusión pronto vencida. Fue un lunes.

Que el próximo nos encuentre en paz: en alegría, en promesas de vigor y de unión…