Roque Morán Latorre

Nos duele Quito

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Resta aproximadamente un año para que concluya, por fin, la actual administración de la capital de los ecuatorianos. Cuánto querríamos dedicar este espacio para exaltar logros y aspectos positivos del mandato municipal; duro contraste: cuánto pesar y desasosiego nos embarga el referirnos de manera negativa a una gestión que, con seguridad -nos entristece decirlo-, pasará a la historia, con más pena y sin gloria alguna, como una de la peores administraciones que ha padecido la llamada Carita de Dios.

Corto espacio para citar innumerables dolencias capitalinas, empezando por la funesta –en varios sentidos- ausencia de liderazgo en la conducción municipal. Acongojados miramos el descuido, y en no pocos casos, hasta el abandono, en asuntos grandes y pequeños que claman por acción y acuciosidad. Basta echar un vistazo al terminal del antiguo aeropuerto de Quito, convertido en un fétido muladar, a pocos pasos de las imponentes instalaciones para la construcción del Metro… ¿Podría algún personero del DMQ incomodarse unos minutos para constatar aquello y tomar medidas urgentes?

El Metro para Quito, al parecer, atrapó toda la atención del equipo administrativo, sin saber que hay muchos otros asuntos, quizás, de menor envergadura y relumbrón, pero que ofenden sin piedad a quienes habitamos Quito. Para muestra, un botón: el anárquico tráfico, donde muchos conductores hacen caso omiso a señales y advertencias de unos improvisados guardianes municipales del tránsito; otro, de tantos aspectos: ¿quién no ha sido víctima de pendencieros buses azules que atentan, sin exagerar, la vida de conductores y peatones, que hacen lo que les da la gana, sin que autoridad alguna les ponga coto y sin que alguien conozca dónde denunciar –con resultados- tanto desmesurado abuso?

Nuevas construcciones hieren la estética y afean la ciudad (no entendemos cómo se conceden permisos municipales para semejantes afrentas); aceras y calzadas descuidadas, parques y jardines que demoran su mantenimiento, contaminación ambiental, sectores con poca o nula iluminación, pavimentos abiertos para instalaciones de servicios que, si los vuelven a rellenar, lo hacen con negligencia y sin esmero alguno. Irónico resulta acercarse, cada año, a pagar el impuesto predial, hasta parece sarcasmo, aquella tasa llamada “Contribución Especial de Mejoras”, que es harta platita y que no alcanzamos a ver exactamente en qué y cómo se invierte.

Confiados estaban algunos de que un joven, tan bien preparado, inteligente, bien intencionado, pudiera impulsar nuevas obras y acciones, ojalá, con un plan que iría más allá de inaugurar y continuar con lo que se incubó en la anterior administración (incluso el Metro). Mucho ruido, pocas nueces, raquítica acción. ¡Escojamos bien, hay tanto por hacer!