Rodrigo Borja

La postmodernidad

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La historia se ha dividido con arreglo a diversos criterios. El humanista holandés Christoph Keller fue el autor en el siglo XVII de la división clásica: Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna. El pensador francés Augusto Comte -creador de la sociología- habló de las épocas “teológica”, “metafísica” y “positiva”. El antropólogo norteamericano Lewis Morgan: “salvajismo”, “barbarie” y “civilización”. Marx: “colectivismo primitivo”, “esclavismo”, “feudalismo” y “capitalismo”. Y ciertos sociólogos contemporáneos dividen la última parte de la historia en “modernidad” y “postmodernidad”.

Postmodernidad es una palabra de reciente incorporación a las ciencias sociales, con la que suelen designar algunos sociólogos contemporáneos -Jean-Francois Lyotard, Jacques Derrida, Michel Foucault, Norbert Lechner, Enrico Rusconi, Gianni Vattimo y otros- a las nuevas teorías e hipótesis sociales. Ellos han propuesto un nuevo dechado de valores -ecologismo, pacifismo, derechos humanos de la tercera generación, neofeminismo, formas nuevas de representación política- y otros elementos llamados a dar nueva forma a la sociedad contemporánea.

Pero la posmodernidad es una noción controversial porque ni en Europa ni en América del Norte se ha agotado la modernidad y en algunos lugares de África, Asia y América Latina ella ni siquiera ha empezado. Quedan todavía primitivos sentimientos chovinistas, xenófobos y racistas en pleno siglo XXI.

La modernidad surgió por obra de la ciencia y la tecnología. Sus raíces están en la Europa de los siglos XVII y XVIII. La posmodernidad, que entraña una profunda desilusión respecto del orden político y social contemporáneo, cuestiona a la modernidad pues la ciencia y la tecnología con frecuencia ha creado nuevos riesgos y peligros.

La época moderna se caracteriza por una profunda y germinal desconfianza frente a todo. Llena está de recelos, dudas, incredulidades, pesimismos. Y ni la ciencia, ni el progreso, ni los sistemas políticos y económicos, ni la vida internacional se salvan del desencanto.

Están en crisis todas las intermediaciones -desde las religiosas hasta las políticas- porque la gente no quiere estar representada sino hacer las cosas por sí misma. Algunos de los grandes símbolos de la modernidad -soberanía popular, representación política, voluntad general, opinión pública, la ley como expresión del interés general, el Estado como “res pública”- se han convertido en entelequias y ficciones. La ciencia y la tecnología han defraudado las aspiraciones humanas y han servido a la causa de la exclusión social.

Y ese nihilismo con frecuencia se trasunta en los graffiti de los círculos juveniles europeos -”no future”, “everything goes”- por su falta de fe en que pueda modificarse el curso de la historia.