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Me declaro en resistencia, una vez más, porque es mi derecho. Resistencia a la estupidez y la falta de respeto de las mujeres, que se someten al ejemplo masculino y van en contra de su propio género. ¿Qué? ¿Proveniente de una mujer? ¿Dirigido a minimizar a otra mujer? ¡Sí, cierto! Hay pocas mujeres libres, valientes, con visión y que abiertamente, así, se declaran y valen por millones más, que no pueden gritarlo gracias a esas pocas que aprendieron equívocamente que la sumisión y el silencio son la vía, para ser consideradas. ¿Qué? Sí, es la realidad. Merecen que nos declaremos en resistencia contra ellas; han olvidado lo que significa ser una verdadera mujer.

La moda es la sumisión y, la resistencia a serlo, no se aprueba. No soy feminista, soy Mujer, con mayúsculas y me gusta serlo, con todas las alegrías, responsabilidades y derechos inherentes, tanto como las dificultades y obligaciones que trae la aceptación.

Hay Cynthias y Lourdes, Bernardas y Lorenas, Carlas y Marías, entre otras, que se resisten con confianza, mientras hay muchas que, considerándose revolucionarias, solo se prestan para brindar un ejemplo triste de sumisión ambicionando el poder.

Así, cuando leí hace unos días que una abogada que piensa que su defendido, un exconcejal que ni siquiera sabe si está casado o divorciado, es la verdadera víctima y argumenta: “Una mujer, por dignidad lo que busca es que no haya publicidad”, me horroricé. ¿Qué? ¿En qué mundo vive? ¿En qué era? No, usted está equivocada y las verdaderas mujeres deberíamos practicar nuestro derecho a la resistencia directamente contra usted y todas aquellas que piensan como usted: ¿Se da cuenta del ejemplo que brinda a otras mujeres? Aquellas que son abusadas física y psicológicamente por sus parejas o maridos, padres o familiares, jefes y compañeros de trabajo, etc., desde el bus o la calle, hasta dentro de aquellas paredes que deberían protegerlas.

La mujer que ha sido irrespetada y peor, abusada psicológicamente, por un hombre sin escrúpulos que solo se preocupa de su mujer e hijos luego de los hechos, debe gritarlo a los cuatros vientos y exigir justicia y al hacerlo, ser ejemplo para todas aquellas que se encuentran atrapadas en el círculo de la sumisión y el abuso.

Aquella heroína indígena que recibió garrotazos, increíblemente, por parte de otras mujeres, con su natural valentía, exige justicia; aquella joven atacada en televisión, de nuevo, sorprendentemente, por “jueces” mujeres, en un pobrísimo ‘reality’, sin respetar su libertad religiosa, también tiene derecho a la justicia. Horroriza que la mujer ataque a la mujer. ¿Qué?

Poco valerosas quienes atacan a sus iguales, sumisas del hombre que quiere reinar sobre ellas. Las mujeres no dejamos de ser decentes cuando insistimos en defender el respeto que nos merecemos. Por el contrario, en un mundo donde aún existe mucha desigualdad de género, es nuestro deber unirnos y defender nuestro derechos, con o sin publicidad, simplemente porque somos dueñas de nuestros cuerpos, mentes y corazones.

mcardenas@elcomercio.org