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Intenté llegar al Salón de la Ciudad, en el Centro Histórico de Quito, para honrar la memoria de ese gran ciudadano que fue Sixto Durán Ballén. No logré el objetivo porque una disposición gubernamental a la Policía Nacional, hizo que los uniformados no dejen pasar a los muchos ciudadanos que tenían mi misma intención. Eran las 09:00 del jueves pasado y a pesar de los argumentos, la vestimenta obscura, el dolor expresado por la gente que quería visitarlo por última vez, los “chapitas” no dejaron circular hacia la Plaza de la Independencia. No logré presentar mi respeto y admiración a ese hombre bueno de corazón, que lo demostró en su extensa actividad terrenal. Fui hasta el Quito Antiguo porque quería honrar lo que usted, Sixto, representó en su accionar político, y por lo todo lo que ejecutó en beneficio de Ecuador.

Quería honrarlo porque cuando usted ejerció la Presidencia de la República, y como tal era el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ante un grave problema limítrofe, que fue el último enfrentamiento de los ejércitos de Ecuador y Perú, usted demostró firmeza y valentía en las decisiones. Supo liderar a un pueblo que no quería dar un paso atrás. Lo dirigió con decisión y certezas. Escuchó a políticos de diversos sectores y tendencias. No vaciló en sentarse alrededor de una mesa con personajes disímiles, porque la Patria lo requería. Escuchó, pensó y resolvió… y lo hizo muy bien.

Quería honrarlo porque mientras estuvo al frente de la Nación, usted no se llenó la boca de palabras como “derechos humanos”, “libertad de expresión”, “honradez”, etcétera. Usted ejerció esos conceptos y dio muestras de lo que es ser un verdadero demócrata. Usted fue un ser con principios, ajeno y alejado al dinero. Nunca tuvo el deseo de ganar dólares por la vía torcida, que manchan las manos y el honor.

Quise visitarlo en la casa en donde usted supo aceptar el reto de cambiar la faz de Quito. Ponerla a la altura de la época (años 70 del siglo pasado), y proyectarla al siglo XXI. Planificó obras que para los años en que fue Alcalde de la Capital de los ecuatorianos, eran impensables. Se arriesgó y sacó adelante una ciudad que durante años fue admirada por nacionales y extranjeros. Supo rodearse de gente honrada, un buen equipo, a los que el dinero tampoco les atraía para desempañar una labor pública.

Quise estar cerca como usted lo estuvo el día que murió mi padre. Quise cumplir con un pedido que me hizo luego de la ceremonia religiosa por mi padre. Lo que cumplo con el agradecimiento de un ecuatoriano que lo considera uno de los buenos presidentes con los que contó Ecuador en el siglo XX. Antes de su muerte, Sixto Durán-Ballén, usted ya se colocó en un puesto muy especial en la historia, no solo por lo que hizo, sino por la sencillez con la que actuó. El poder nunca lo hizo cambiar. Mis respectos más sinceros.