Manuel Terán

Fracturado

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Luego de la primera vuelta, cuando el Consejo Nacional Electoral demoraba la entrega de los resultados y estaba en entredicho si habría o no una definición entre los dos candidatos más votados, en esta columna se apuntaba lo siguiente: “En la situación actual del país, lo peor que puede suceder para lo venidero, es que sobre las nuevas autoridades pesen dudas sobre la legitimidad de origen. Se requiere que ellas emanen de un mandato límpido para que tengan la fuerza moral de trazar un derrotero que requerirá del esfuerzo y sacrificio conjunto”. Si se creía que la autoridad electoral aprendió de esa experiencia, aquello constituyó un espejismo pasajero. Luego del último domingo el ambiente luce más enrarecido que nunca. Los dos finalistas se atribuyen el triunfo, el proceso en su totalidad estuvo salpicado de sospechas por el despliegue oficial que hubo a favor de uno de los candidatos, los sucesos del mismo domingo cuando, inexplicablemente, el primer anuncio oficial sobre los resultados aparece dos horas después de cerrados los comicios cuando ya había un conteo de alrededor del 60% de los votos, la falta de coincidencia entre una encuesta a boca de urna realizada por la única compañía que acertó en la primera vuelta, que hablaba de un claro triunfo del candidato opositor y los números finales del CNE que declaran triunfador al candidato oficial, todo ello crea un manto de escepticismo sobre si en verdad en esta ocasión se respetó la voluntad popular.

A esto se suma que la diferencia entre los candidatos en el resultado oficial apenas es apenas de 2 puntos porcentuales. Alrededor de 200 mil votos. Esto pone en evidencia la profunda división existente en el país del que tendrá que hacerse cargo aquel al que oficialmente se declare ganador. Ya se reflejó inicialmente en la votación para asambleístas. Si las dos principales fuerzas de oposición habrían presentado listas únicas, la Asamblea estaría bajo se control.

El actual es el peor de los escenarios posibles. Si se llega a consolidar asaltan las dudas ¿Cómo gestionar la crisis? ¿dejando todo a la inercia y ejecutando desencordadamente canciones de la lejana juventud, o implementando los correctivos necesarios que impriman un cambio de rumbo para evitar un mayor descalabro?

Cualquiera que sea la decisión que se adopte traerá consecuencias en el cortísimo plazo y muchas de ellas no resultarán del todo agradables.

Queda también pendiente conocer la manera en la que se perseguirán los actos de corrupción, principalmente aquellos en los que la población está a la espera de que se publicite la lista de los implicados, una vez que culmine el secretismo que nos han impuesto con innumerables pretextos.

Por último, resta saber de dónde saldrán los recursos para cumplir las promesas de campaña.
Todo confluye a que el futuro no luzca nada alentador y sean precisamente los más pobres los que vean trizadas sus expectativas.