Manuel Terán

Auge y ocaso

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Un día en el paraíso, al otro, en los avernos. Cara y contracara. La historia reciente nos trae numerosos ejemplos de personajes que, habiendo construido imperios económicos o aprovechándose de la candidez de los electores, se encumbraron hasta la cima para hacer y deshacer en sus países, pensando que nunca les iba a alcanzar el brazo de la ley; hoy son los asiduos visitantes de las cortes de justicia, en donde les esperan procesos que amenazan con sacarlos de circulación por algunos años, sumidos en algunos casos en verdaderas pesadillas y viviendo en el vértigo amenazante de caer en un pozo que los desnude ante sus semejantes como simples mortales.

Atrás quedan las aclamaciones, los discursos, los adulos y las extravagancias. Ahora lucen asustados, incoherentes, contradictorios elevando en algunos casos la bandera de perseguidos, como si las evidencias que van apareciendo pudieran ignorarse para que se mantengan impunes como fue su aspiración desde un inicio.

Allí, encabezando la lista se encuentra un aventurero con aires de magnate que, en su tempo fue considerado uno de los hombres más ricos de Brasil. Su falso imperio montado desde la especulación le permitió codearse con lo más rancia petulancia de la política y el espectáculo.

Eike Batista, que en algún momento fue considerado entre las diez personas más adineradas del mundo, vio desmoronarse su esplendor cuando un juez determinó que pagaba coimas a funcionarios públicos para hacerse de contratos multimillonarios, sentenciándolo a 30 años de prisión. Fin de la novela, el sueño se hizo trizas. Es bien conocida la historia de Marcelo Oderbrecht. No vale la pena añadir más al respecto.

En el otro andarivel transitan ex mandatarios que han tenido o experimentan problemas pendientes con la justicia. Lula Da Silva, Martinelli, Fujimori, Humala, Cristina Fernández, Alejandro Toledo y, ahora, el ex gobernante ecuatoriano Rafael Correa.

Todos los nombrados en algún momento, encumbrados en lo más alto del poder, jamás se habrán imaginado enfrentando a un tribunal y dando explicaciones sobre actos que se les imputan; sintiendo el flash de las cámaras en sus rostros que, a diferencia de cuando repartían sonrisas, captan su molestia e ira, reduciéndolos a simples seres de carne y hueso con sus escasos aciertos y sus enormes contradicciones.

Simple y vana condición humana que vale la pena recordar incesantemente y que sirva de referente para que quien llegue a una posición económica o política destacada no pierda el contacto con el suelo y evite embriagarse de manera que termine transformándose en un ser irreconocible, capaz de desprenderse de cualquier principio ético con el único afán de acumular poder o riquezas.

Sin duda, como decían los abuelos, el verdadero tesoro está en el saber y en la capacidad de poder transmitir ese conocimiento, de manera que se puede dar sosiego a las ambiciones frívolas. El resto sólo un insulso boato que puede calmar las ansias de notoriedad y disimular su mediocridad.