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No ha de ser fácil ser asambleísta de Alianza País por estos días. No saber con certeza si ganaron o perdieron en la elección presidencial, no saber si están en el gobierno o en la oposición, sentir que están flotando en un limbo político apenas sostenido por unos cuantos trucos comunicacionales, astutos y útiles, repetidos por conveniencia. Esos artificios se reducen a tres:
El primero consiste en negarlo todo. No hay división, no hay pugna entre los líderes, no hay corrupción, no hay alteración de cifras, no hay endeudamiento excesivo. Se trata de una campaña maligna de la oposición, la derecha y el imperio.

El segundo ardid consiste en pedir pruebas. Para sospechar de alguien, para iniciar un juicio político, para hablar de corrupción, de crisis o de sobreprecios hay que exigir pruebas y que las pruebas sean legales, evidentes, documentadas.

El tercer truco es apelar a los principios de la revolución ciudadana, el programa electoral de Alianza País, los derechos progresivos consagrados en la Constitución y el derecho a la presunción de inocencia hasta que los jueces emitan un dictamen.

El primero choca con hechos objetivos a los que deben voltearle la cara y hacerse los sordos cuando les mencionan, esos hechos son reales y grandes como la puerta de un templo; son los sobreprecios y los sobornos; también son hechos las confesiones de los sobornadores de Odebrecht y los sobornados nacionales dispuestos a colaborar; y también los millones entregados al tío, al primo, al amigo…

El ardid de pedir pruebas choca con el hecho de que la Asamblea Nacional nunca cumplió su deber de fiscalizar y acaba de destituir al Contralor por no haber cumplido su tarea, ¿cómo pueden pedir pruebas? También están los enjuiciados y condenados por haber investigado y presentado pruebas; están los correos, las grabaciones y las confesiones a las que se les niega valor.

Apelar a los principios y al programa de gobierno es también una treta porque el programa de gobierno no es un lecho de Procusto ni la presunción de inocencia es patente de corso.

Las triquiñuelas han permitido, hasta ahora, que la mayoría se mantenga en la ambigüedad, que los audaces apelen a la unidad para socapar a los corruptos y que los ingenuos permitan que se les embarre aunque hayan sido pulcros.

Se acabó el tiempo de las dilaciones y las cobardías, se desvanece la artimaña fundamental que consiste en ocultarse los corruptos detrás de los honestos bajo el pretexto de la unidad; ha llegado la hora de trazar la línea que separe a unos de otros; esa línea la puede trazar la fiscalía mostrando las evidencias y acusando; también la consulta popular trazará una línea. Los asambleístas de Alianza País tendrán que proclamar, ante el país, en qué lado se ubican.

Los ovejunos están obligados a salir del montón para individualizarse, expresar su posición y dejar de ser ovejunos.