León Roldós

¿Qué después de la consulta?

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La consulta es un medio para intentar que se garantice un régimen de derecho y de respeto a la ciudadanía, en democracia, y ésta debe empoderarse de la consulta, cuyo sufragio va a realizarse el 4 de febrero del 2018, para también empoderarse de sus resultados.

La generalizada adhesión a la posibilidad del SÍ -con la oposición del expresidente Rafael Correa y su entorno- permite pensar en ese empoderamiento.

Sería una visión equivocada confundir el SÍ, en todas las preguntas, como sola adhesión al presidente Moreno, como también lo sería considerarlo como solo un castigo contra el expresidente Rafael Correa.

Moreno ha tenido la sensibilidad de admitir que el modelo de Correa de persecución a sus contradictores y a los medios de comunicación y de protección a los de su entorno, estuvo íntimamente vinculado con la corrupción que ha destruido a las finanzas públicas y ha afectado severamente a la economía. Este es su principal mérito. No se trata de hacer víctima a Correa. Sus responsabilidades en lo acontecido en sus diez años de gobierno deben establecerse más allá de las irritaciones que generó desde el poder.

La tacha de ilegalidad de la consulta, por parte del correísmo, es como patadas al aire de quien se está ahogando. La invocación al Art. 438 de la Constitución, en el sentido de que siempre debe haber dictamen previo y vinculante de constitucionalidad para las convocatorias a consultas populares de carácter nacional o a nivel de los gobiernos autónomos descentralizados, pretende desconocer que el Art. 105 de la Ley Orgánica de Garantías Jurisdiccionales y Control Constitucional establece “Si la Corte Constitucional no resolviere sobre la convocatoria, los considerandos y el cuestionario del referendo, dentro del término de veinte días siguientes a haber iniciado el respectivo control previo, se entenderá que ha emitido dictamen favorable”. O sea hay un dictamen tácito.

La consulta no es una carta en blanco a favor del presidente Moreno. Sus resultados le van a establecer responsabilidades que él, jurídicamente, políticamente y éticamente debe cumplir. Se deberá comprobar que más que gobernante está dispuesto a ser estadista.
El vicio del poder, genera el círculo vicioso del autoritarismo unido en forma inseparable con la corrupción. Esto debe quedar atrás en los próximos años.

Ojalá que haya más ecuatorianos que quieran ser actores de la vida política nacional, se les abre una oportunidad con la consulta, en cuanto dé fin a las reelecciones. Verdad que han habido reelectos en los diversos espacios del poder público que no se enviciaron de poder, pero aun así preferible es que no haya reelecciones de modo infinito, porque quienes convierten aquello como aspiración permanente, corrompen su ejercicio.