Juan E. Guarderas

Mugabe, en el poder desde 1987

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Pocos países han sido tan desdichados en las últimas décadas como Zimbabue. Les pasó por encima un desastre llamado Robert Mugabe. Esta reencarnación del infortunio llegó al poder en 1987, por entonces al país se le llamaba “perla de África” por su belleza, y “granero de África” por la fertilidad de sus tierras y la productividad de su agricultura.

Ahora es un genuino infierno. Mugabe sigue en su cargo. Es un tirano de 92 años a quien le vale un rábano el correcto ejercicio del poder o el bienestar de su gente. Frecuentemente se duerme en las reuniones y ya no es una sorpresa que el anciano lea discursos que ya ha pronunciado anteriormente. La devastación en términos económicos es aún peor. La producción ha caído de manera espectacular. El PIB per cápita en el 2016 es apenas una décima parte de lo que era en el 2005 (que estaba ya en un estado crítico). La destrucción económica no tiene ningún precedente histórico para un país en tiempos de paz. La inflación ha llegado a la alucinante cifra de 14000000% anual. A los mendigos zimbabuenses les llaman los millonarios pobres, puesto que pueden tener billetes que tengan valores astronómicos pero que no valgan nada. La esperanza de vida se desplomó, llegando a tener –según algunos analistas independientes– niveles medievales de 35 años.

Pero hay un grupo de súper millonarios. Se trata de miembros del partido de Mugabe que gozan de fabulosas prebendas; por ejemplo se les entrega gasolina subsidiada y se les permite revenderla en el mercado, enriqueciéndolos sin ningún tipo de meritocracia.

Pero, si Zimbabue es una democracia, ¿cómo es posible que el pueblo lo elija repetidamente? Fraude electoral, aquí está la clave. Al comienzo sus trapicheos eran subrepticios y cautelosos, en las recientes elecciones las irregularidades eran descaradas y violentamente impuestas.

En las elecciones del 2013, la BBC reporta que el registro de los votos era meticuloso en las áreas rurales, no así en las zonas urbanas (donde abrumadoramente los votantes estaban en contra del tirano). Asimismo, Mugabe solo permitió que legitimaran las elecciones los observadores internacionales de la Unión Africana (organización que le es favorable), desatendiendo las críticas formuladas por otros organismos. Además, se ha señalado repetidamente que el conteo y digitalización de votos se realiza sin ninguna transparencia ni supervisión, en la intimidad de un organismo electoral sometido a un absoluto control por parte del tirano.

Teóricamente, en el debate nacional de unas elecciones democráticas, el pueblo puede sopesar a los candidatos y elegir el mejor. Este efecto positivo de los sistemas democráticos no existe cuando hay fraude. En Zimbabue se dieron resultados electorales truchos y el pueblo no debió haberlos aceptado.