Jorge H. Zalles

Testimonio de un diálogo

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En las últimas semanas se ha dado en Quito un valioso proceso de diálogos ciudadanos en relación con la Solución Vial Guayasamín propuesta por el Municipio.

El proceso no estuvo libre de acusaciones hostiles ni de ataques y ofensas personales de parte de quienes se consideran dueños de la verdad, moralmente superiores a los que no están de acuerdo con ellos, y autorizados por esa supuesta superioridad moral a emitir juicios que descalifican. Esas actitudes y esos comportamientos no son nuevos. Al contrario, estamos tristemente acostumbrados.

Pero resulta alentador que esa no fue la tónica dominante. Al contrario, estuvo muy presente un constructivo espíritu de apertura a escuchar al que se opone, de respeto por el criterio discrepante, y de voluntad de acoger lo válido en el planteamiento opuesto, en busca de conciliar y lograr consensos. Ese espíritu fue puesto de manifiesto tanto por el Alcalde y sus principales colaboradores como por una importante mayoría de las personas que habían expresado cuestionamientos e inquietudes frente al proyecto inicial. Fue incluso el propio Alcalde quien, luego de conocer esos reparos, solicitó al Colegio de Arquitectos del Ecuador, Núcleo de Pichincha que convoque a los diálogos ciudadanos.

Estos tuvieron una importante participación, la cual sugiere, aún antes del resultado que existimos algún número de ciudadanos que creemos en sentarnos a dialogar antes que en dedicarnos a la más tradicional forma de dilucidar nuestras diferencias, que consiste en ver quién grita más fuerte, quién ofende más feamente, quién bloquea más, quién hace acusaciones –frontales o insinuadas- más serias, quien logra deslegitimar más al otro.

Y el desarrollo y los resultados de los diálogos que acaba de vivir Quito son prueba palpable de algo a lo que en este espacio he hecho referencia en muchas ocasiones, pero hasta ahora solo citando a autores –por ejemplo a Robert Putnam- o mencionando ejemplos de otros lugares –por ejemplo Brasil, Guatemala o Túnez: la sana gobernabilidad, el constructivo funcionamiento de una sociedad se da cuando de un lado existe una sociedad civil vigorosa, participativa, con la capacidad y la voluntad de formular y de presentar propuestas, y del otro existen autoridades abiertas a escuchar esos planteamientos y, cuando son razonables y válidos, a incorporarlos en sus decisiones.

Algunas autoridades han hablado últimamente de una sociedad civil “peligrosa”. Ciertos miembros de la nuestra en realidad lo son, porque aún creen en la confrontación, no en el diálogo. Pero muchos otros entre quienes hacemos la sociedad civil quiteña hemos puesto de manifiesto nuestra fe en la posibilidad de encontrar soluciones procesando nuestras diferencias de manera respetuosa y constructiva.