Gonzalo Ruiz

Revalorar las encuestas

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Los últimos procesos de elecciones y plebiscitos en el mundo no han sido muy felices para la credibilidad de las encuestas que acusan golpes.

Revisemos algunos ejemplos. La salida del Reino Unido de la Unión Europea, conocida como brexit, mostraba que la mayoría de los votantes optaría por que se siga en el proceso integracionista. El resultado dijo todo lo contrario.

Antes, en dos elecciones parlamentarias consecutivas, donde se ponía en juego la permanencia o cambio en la línea de conducción del Gobierno español, las encuestas mostraron devaneos y equivocaciones.

En el caso de Colombia se daba por hecho - siempre de acuerdo a las encuestas - que la gente votaría por el Sí al acuerdo de Paz con las FARC. Cuando los conteos hablaron dijeron un contundente NO.

El último show - coherente con la tónica de la campaña - fue el baile de encuestas de las últimas tres semanas en la contienda presidencial norteamericana. Allí se marearon todos, los políticos, los medios y la propia gente que no salió de su asombro sino hasta la madrugada del miércoles, luego del martes de vértigo.

Habría que decir que en el caso peruano no todos los estudios coincidían y siempre se manejaron datos con la advertencia del margen de error por la ínfima diferencia entre los dos finalistas.

Pero en Inglaterra las encuestas no pulsaron el verdadero sentir de la isla rural; en Colombia ni se dieron por enteradas de la tendencia de los colombianos que ponían reparos, no a la paz sino a las concesiones del acuerdo; que en España sobreestimaron a los populistas de Podemos y que en el caso norteamericano no vieron la realidad desagregada del norteamericano que no vive en las ciudades y expresa sus temores.

Aquí en el país, en muchas ocasiones las encuestas han acertado. También hubo algunos errores. El más grotesco episodio se advirtió en la última elección cuando una encuesta pro oficialista se equivocó en 10%.

Muchas casas encuestadoras han notarizado sus resultados en elecciones presidenciales anteriores y la contrastación de los pronósticos, con los votos reales ha reafirmado esa credibilidad. Salvo el caso de una farsa con nombre de vitamina que perseguía claros afanes propagandísticos.

Esta vez hay elementos claros. En todos los casos se asigna cifras altas a los ecuatorianos que están indecisos y con números distintos, esa es una decidora coincidencia.

Otro tema a discusión es aquel de la exigencia de la autoridad electoral de inscripción para avalar, desde un poder electoral que se tiene por cercano al Régimen, los procesos de las encuestadoras. Debemos recordar que las prohibiciones excesivamente anticipadas de difusión, que buscaban que no se use la encuesta como arma política, solamente han despertado sospechas en la opinión pública. Esta vez sí se podrá hacer ‘exit poll’, cuyo aporte informativo ha sido de indudable valía. ¿Por qué será que las encuestadoras no divulgan sus datos como antes, algo pasa?