Gonzalo Arias

La larga marcha de López Obrador

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El segundo país más populoso de América Latina (127 millones de habitantes) concluyó la histórica jornada electoral del 1 de julio con un nuevo presidente electo que llega a la codiciada “Silla del Águila” con un amplio apoyo popular.

La coalición encabezada por el líder del “Movimiento de Regeneración Nacional” (MORENA), Andrés Manuel López Obrador (AMLO) arrasó en las urnas con el 54% de los votos. Un contundente triunfo que permitirá por primera vez en 20 años, que el partido del presidente obtenga además el control total del Congreso Federal.

Se trató a todas luces de una elección histórica, no solo por la inédita cantidad de cargos en juego (972 Diputados, 9 gobernaciones, incluido el alcalde de la Ciudad de México y más de 1600 cargos municipales) y la asistencia a los comicios de casi 90 millones de electores, sino fundamentalmente porque por primera vez en casi un siglo de historia, un candidato que no es del otrora hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) que gobernó durante más de 7 décadas ni del espacio de centroderecha PAN que gobernó entre 2000 y 2012, se alza con la presidencia.

Es cierto que el presidente electo no es en absoluto una figura nueva ni un “outsider”. El dirigente proveniente del sureño estado de Tabasco no sólo gobernó exitosamente la Ciudad de México entre 2000 y 2005 y fue uno de los principales animadores del casi extinguido Partido de la Revolución Democrática (PRD), sino que también fue derrotado sucesivamente en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012 por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto respectivamente. “La tercera es la vencida”, reza el refrán popular que el candidato ganador repitió varias veces durante su larga marcha a la presidencia.

Un trabajoso camino que le permitió finalmente posicionarse como la expresión de la indignación ciudadana, del profundo descontento de una sociedad hastiada de la violencia, de la pobreza y las profundas desigualdades sociales, y de la obscena corrupción de las elites que manejaron los rumbos del país en los últimos 90 años. La “mafia del poder”, como no dudó en calificarla AMLO durante la campaña electoral.

El referente de la izquierda mexicana tendrá por delante el desafío de revitalizar la investidura presidencial, recuperar la confianza extraviada en las instituciones de la república y estar a la altura de las grandísimas expectativas generadas.

Con la partidocracia reducida a cenizas, y al mismo tiempo que construye gobernabilidad para enfrentar ese titánico desafío, AMLO deberá evitar la tentación de erigir un nuevo partido hegemónico que domine todo el espacio político y condene una vez más a la sufrida democracia mexicana. Sin dudas, una responsabilidad adicional para el veterano líder que desde hace años viene marchando.