Fernando Tinajero

Un episodio olvidado

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Hace 50 años que se cumplen precisamente hoy, es decir, el 25 de agosto de 1966, un centenar de jóvenes que nos identificábamos como escritores y artistas ocupamos los locales de la Casa de la Cultura para exigir su reorganización. La Junta General de la institución, que se encontraba reunida, dejó oír pocas y tibias voces de protesta. La que se distinguió por su valor y dignidad fue la del eximio historiador Carlos Manuel Larrea: a todo señor, todo honor. Los demás optaron por abandonar silenciosamente el recinto.

Procedimos a cerrar todas las oficinas en presencia de los dos conserjes que allí permanecían, y nos instalamos en el salón de sesiones, del que solo pudimos salir diez días más tarde, cuando el Presidente Yerovi Indaburu, que encabezaba un gobierno débil, aceptó nombrar una comisión para preparar una nueva ley constitutiva de la Casa.El antecedente inmediato de este hecho fue el insistente pedido de reorganización que diversos sectores jóvenes dirigieron al nuevo gobierno, con el propósito de limpiar los últimos vestigios de la dictadura militar que acababa de ser derrocada. La Asociación de Escritores y Artistas Jóvenes que entonces existía, en un congreso celebrado en Azogues, había decidido dos meses antes realizar todas las gestiones conducentes a ese objetivo, y cuando todas demostraron haber sido infructuosas, se organizó el Movimiento por la Reorganización de la Casa de la Cultura.

El 6 de setiembre, bajo la presidencia del Dr. Carlos Cueva Tamariz como delegado del presidente de la República, se instaló la comisión nombrada para preparar la nueva ley. Por parte de la Casa de la Cultura formaban parte de ella el doctor Juan Isaac Lovato, el doctor Rafael Euclides Silva, el Ingeniero Rubén Orellana y otras dos personas que no recuerdo. Por el movimiento fuimos Oswaldo Guayasamín, Hernán Rodríguez Castelo, Rafael Díaz Icaza, José Martínez Queirolo y yo. Me sobrecoge pensar que solo Rodríguez y yo quedamos vivos.

El 29 de setiembre, el presidente Yerovi, mediante un decreto supremo, dictó la nueva ley sin haber quitado ni una coma del texto que nosotros aprobamos. Allí se estableció por primera vez la plena autonomía de la Casa, que no la había tenido desde su fundación. Finalmente, el 12 de noviembre, después de haberse constituido los nuevos organismos de la institución de acuerdo a la nueva ley, la Junta Plenaria eligió presidente a Benjamín Carrión, vicepresidente a Oswaldo Guayasamín, y me escogió a mí como Secretario General.

Los detalles de este episodio fueron narrados por Rodríguez Castelo en un opúsculo que se publicó el cumplirse el primer aniversario de “la toma”. Otros actores vivos de aquellas jornadas quizá podrían agregar valiosos testimonios. Lo que me falta decir es solamente que la agilidad de entonces contrasta con la tardanza que la actual legislatura ha demostrado para aprobar una ley de cultura que no acaba de satisfacer a nadie por completo. ¿Paradojas de la debilidad y de la fuerza!