Diego Araujo Sánchez

El reino del absurdo

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Urge modificar la institucionalidad creada por el correísmo, que tanto daño ha causado a la democracia y bajo cuya sombra crecieron el autoritarismo y una descomunal corrupción. Necesita el país funciones del Estado independientes, y no un presidente de la República que actúe como jefe de todas ellas. La alternabilidad es esencial dentro de un régimen presidencialista; y la reelección indefinida, un contrasentido. Otro absurdo es haber convertido la participación ciudadana en una función burocrática, dependiente del presidente, a través del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, que eligió y reeligió, con las máximas calificaciones, al contralor Pólit, ahora prófugo de la Justicia.

Sin embargo resulta tan urgente como desmontar la perniciosa institucionalidad dotar a la política de sustento ético y de respeto a la verdad; darle un espesor reflexivo, espacio para el libre debate, valores y sentido. La falta de esas bases causa incertidumbre y desorientación.

El mercadeo político redujo a eslóganes el ansia de cambios en la sociedad ecuatoriana. Las muletillas publicitarias han dejado al descubierto las grandes mentiras de la década pesada y la política de simulaciones y engaño. ¿Mentes lúcidas, manos limpias y corazones ardientes? Los vemos cuando empiezan a destaparse los sobornos de Odebrecht. ¿La Patria ya es de todos? Menos de los que no se hallaban con Alianza País o cuestionaban a Correa. ¿Patria altiva y soberana? La comprobamos con los votos del Ecuador en la Comisión de Derechos Humanos en la ONU o, en estos mismos días, con el apoyo a la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela; o la veremos, cuando un barco chino fue apresado con 300 toneladas de fauna marina, inclusive especies en riesgo de extinción, en la zona protegida de las Galápagos, con la flota pesquera china en actividad depredadora amenazante en aguas cercanas a ella. Ya constataremos la soberanía y altivez cuando se conozcan todas las condiciones del endeudamiento con China.

¿Revolución ciudadana? ¿La Patria avanza? ¿Dejamos la mesa servida al nuevo gobierno, etc., etc.? La verborragia se halla a distancia sideral de la realidad.

El vaciamiento de sentido en la práctica política ha llevado a la representación de un cúmulo de absurdos en el escenario público. Por ejemplo, que la Asamblea apruebe sin debate alguno el enjuiciamiento al vicepresidente por asociación ilícita. Si en el proceso se evidencian indicios de otras figuras penales, ¿será necesaria una nueva votación? ¿Pretenden los asambleístas ovejunos blindar a Glas o quieren que se conozca la verdad? El vicepresidente sin funciones declara que ya no es parte del Gobierno, que no renunciará y que solo lo hará si dimite también el presidente. ¿No es el colmo del absurdo?