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¿Qué le dice este párrafo, lector?: “...buena parte de los periodistas que nos siguen y que están obligados profesionalmente a hablar mal de nosotros porque así son las reglas del juego, hay un elemento de amor, y es una cosa bonita, hay algo sexy en Podemos, que experimentamos en la última campaña yendo todos en un autobús, que les atrae y que les gusta”.

Entusiasta, maltrecho y mal construido, el párrafo del señor Iglesias ha hallado el calificativo que mejor les va: esto de ser sexy obliga. Hoy, si una imagen, uno mismo, ¡un partido!, no es sexy, ya puede saberse condenado al olvido. El fundamental ‘ser o no ser’ del soliloquio shakesperiano ha derivado, por virtud de la frivolidad ambiente, en ‘ser sexy o no ser’...

El parrafito gramaticalmente inconexo, y grotesco contra los periodistas a los que luego pidió perdón, me recuerda la sonrisa apenada que provocaba en la familia la evocación del viejo tío cuyo enorme talento para el humor, según contaban, se ejercía siempre contra sí mismo; él era el protagonista de sus chistes, y, contento de sus autocríticas mordaces, esperaba la carcajada de los que le oían, sintiéndose vencedor de una batalla a la que nadie le desafió, sacrificado en el ridículo para gozo de los otros.

¿Estamos tan lejos de la mentalidad española (de España), que esto que parece supremamente gracioso y sexy a Iglesias y sus adláteres resulta insoportable aquí, aun para estómagos acostumbrados a digerir mucho y pesado? Como el servilismo manda, Enrique Gil, sociólogo de la Complutense, alaba a Podemos: “el partido más cool y sexy del actual casting político”. Y se explaya sobre su simpatía. Este profesor de sociología que acierta a usar tres anglicismos en una oración de ocho palabras, -se supone que escrita en español- abona aún más en desfavor de Podemos, con su anglófilo afecto.

En una entrevista a la que alude Enrique Krauze, que Iglesias concedió en Venezuela para un programa de televisión, se lo ve escuchando a Hugo Chávez (¡a quien asesoró!): “La revolución avanza, la patria avanza [decía el Comandante en 2012]. Esto solo es posible en socialismo, con un Gobierno que coloque en primer lugar al hombre, al humano, a la mujer, a la niña, al niño”.

Visiblemente conmovido, Iglesias reacciona: ¡Cuántas verdades nos ha dicho este hombre! Lo que está ocurriendo aquí es una demostración de que sí hay alternativa, de que la única manera de gobernar no es gobernar para una minoría de privilegiados y contra las mayorías sociales. Ese es el ejemplo de América Latina… una alternativa para los ciudadanos europeos”.

¿A qué sabe este entusiasmo?; ¿a qué, estos eternos e inútiles lugares comunes? ¿Tienen el sabor de la Venezuela a que hoy asistimos? ¿El de su fracaso, su corrupción, su violencia, su hambre, su sed, su enigmática, oscura miseria?; ¿el de la Argentina de los Kirchner? Al releer el sexy parrafito entiendo por qué les malquiero: nada más decepcionante y revelador que la frivolidad que se ejerce fuera de lugar, contra uno mismo, aunque a veces tengamos razón…

scordero@elcomercio.org