Milton Luna

Educación 2030

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En estos días, en el mundo de la educación, hemos tenido unas buenas e inquietantes noticias. En París, se aprobó el Marco de Acción de los objetivos globales de la educación 2030, cuyo lema central es “hacia una educación inclusiva y equitativa de calidad y un aprendizaje a lo largo de la vida para todos”.

Ciertamente esta agenda aprobada en la sede de la Unesco, por los Estados y la sociedad civil del planeta, reconoce “el importante papel que desempeña la educación como motor principal del desarrollo...”. ¿Pero cuál desarrollo? “ Los sistemas de educación deben ser relevantes y responder a mercados laborales que cambian rápidamente, a los avances tecnológicos, a la urbanización, a la migración, a la inestabilidad política, a la degradación ambiental, a los peligros y desastres naturales, a los desafíos demográficos, al incremento del desempleo mundial, a la pobreza persistente, a la desigualdad creciente...”.

Para esto se requiere de una educación de calidad, que tendrá que ser medida permanentemente para impulsar su avance. Se habla entonces de “mejorar los resultados de aprendizajes...(y)...fortalecer los insumos, los procesos y la evaluación de los resultados y los mecanismos para medir los progresos”.

Sin embargo, ¿de qué calidad se habla? Según este Marco de Acción, se hablaría de aquella que fomenta la “creatividad y el conocimiento, garantiza la adquisición de las competencias básicas de lectura, escritura y calculo, así como de aptitudes analíticas, de solución de problemas, y otras habilidades cognitivas, interpersonales y sociales de alto nivel”. Esta calidad apuntaría también al desarrollo de competencias, valores y actitudes que permitirían a los ciudadanos llevar vidas saludables y plenas, tomar decisiones con conocimiento de causa y responder a los desafíos locales y mundiales con una educación para el desarrollo sostenible y la educación para la ciudadanía.
Sin duda, grandes e inquietantes desafíos, que si no se pone atención podrían derivar a nociones cuantitativistas favorables al enfoque de formación de capital humano para el engranaje del capitalismo. Por tanto, ¿cómo dotarnos de nuestro propio y consensuado concepto de calidad, de los indicadores respectivos y de los instrumentos de evaluación adecuados, sin caer en la adaptación mecánica ni colonizada de las agendas

internacionales, como es el caso de las Pruebas Pisa?
En esta línea, una buena noticia para los ecuatorianos y para los latinoamericanos, es el reconocimiento por parte de Unesco, del paradigma filosófico de vida de los pueblos andinos, del sumak kawsay, como una fuente, junto con la de los derechos humanos y la pedagogía crítica latinoamericana, de las cuales se nutrirá la construcción de nuestro concepto de calidad educativa, de formación integral de las personas para el cambio.