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Nunca hasta hoy se había puesto en tela de juicio el trabajo de los domadores de animales; hoy se lo hace, pero no a favor del domador, que, como cada uno, es libre de elegir su sujeción, riesgo o esclavitud, sino a favor de los animales sometidos a la soledad, la servidumbre inútil, la prisión: en el circo, lejos de su hábitat natural y de los suyos, todo es para ellos condena.

En días de gozo infantil pudimos asistir al circo y ver al tigre atravesar un aro en llamas; al elefante, pararse en dos patas y bailar en comparsa mientras sujetaba con su trompa a una mujer delgadita y frágil; a un mono en bicicleta, al domador de leones con la cabeza entre las fauces de la fiera.

Entonces, un periodista que entrevistaba a un célebre domador quiso averiguar en qué consistía el placer de someterse a diario a semejante peligro, y este, aceptando que los riesgos a que se sometía eran voluntarios, le respondió esta hermosa perogrullada: “Uno no mete la cabeza en las fauces de una fiera para verle las amígdalas”.

¿Cuál es, pues, el placer de semejante riesgo? Se sabe, después de años de prácticas y entrenamientos, de observaciones y descripciones aproximadas –si pueden describirse el miedo, el riesgo, el ansia de gloria y aplauso- que los entrenadores de animales han comprendido que el dominio sobre las fieras no surge del castigo, el golpe o la amenaza sino de la concentración, del poder de sugestión y mandato de una voz inteligente. Saben que nunca deberán humillar su propio cuerpo ante la fiera, ni, menos aún, su espíritu; no inclinarse, ni desafiarla brutalmente, sino respetar el riesgo mutuo. Y acertar con la recompensa que se ofrece a los felinos que actúan, reconociendo su necesidad, su placer, tratándolos como a individuos –es decir, como a seres a quienes es imposible forzar a dividirse, a dejar de ser.

El domador actuará así, en consonancia con la condición de la fiera. Gracias a estas nociones, quizás podamos asistir aún a actuaciones de pumas, leopardos, jaguares y leones que bien tratados, respondan a la voz.

Y aunque lo mejor sería dejarlos estar en su mundo sin explotarlos por diversión y luctuoso placer, es digno de alabanza el ejemplo de quienes arriesgaron su propia vida hasta aprender que domesticar es, como quería el Principito, acercarse al zorro, respetarlo, ‘crear lazos’ día tras día…

Volvamos a cabezas y fauces; comparemos el riesgo del domador con el de quien ansía la doma del pueblo sobre el que gobierna. Si sin rasguños, malos olores y peores sabores, humedades ni miedos, puede el sedicente gobernante sacar la cabeza de tal tragadero, habrá de darse por bien servido, aunque hayan huido de su vista, en la medrosa oscuridad, las amígdalas de la fiera.

¿Se justifica su afán? Sí, si el poderoso dispone del poder como Sancho, quien, cuando Ricote le pregunta qué ganó en el gobierno, le responde, luego de haber gobernado con envidiable sentido común: “He ganado el haber conocido que no soy bueno para gobernar”. ¿Cabe mayor logro que aceptar así la propia debilidad?

scordero@elcomercio.org