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Pasolini pensaba que la frescura en la expresión artística procede de su fidelidad a lo real, tanto si el artista se dirige a ello para tomarlo como fundamento de su creación, como si sus temas, formas y modos traducen circunstancias cotidianas. Cuando en 1963 buscó actores y actrices para filmar “El evangelio según San Mateo”, su obra maestra, eligió a los personajes de su filme entre gente de la calle; de ellos esperaba el candor, la naturalidad que tradujeran la infinita desolación de Cristo, el único ser humano que conoció con antelación su destino. Sobrecoge la imagen de la virgen en sus cuarenta y ocho años, vieja, amarga, desdentada, trágica: es la imagen de la madre de Pasolini, que la eligió para este papel. ¿Prefirió el director a su madre, como a la única mujer que amó? Su decisión estuvo, sin duda, cargada de humor benigno y la madre recibió su propuesta con una sonrisa que manifestaba el asombro causado por la pretensión del hijo. Asombro, sorpresa, pasmo, experiencias tras las cuales caben sonrisas o lágrimas.

Lo auténticamente humano destila energía moral: Cristo andaba rápida, incansablemente por los caminos de Palestina, seguido por sus discípulos, sin revelar su sino, que arrastraba como un peso. Solo desde la cruz exhaló su queja por el abandono del padre. Los humoristas de Charlie Hebdo que quedaron vivos, habiendo asistido al destino de sus camaradas y previendo el propio, despojados de sensiblería y dramatismo, redactaron el nuevo número de tres millones de ejemplares, lloraron, y rieron para que tuviera sentido la muerte de los compañeros de ya antiguos combates entre carcajadas, como debían ser. Saben que habrá que seguir riendo, y haciendo reír... Los imagino redactando este último número, el que sobrevivió a Charb, Cabu y Wolinski, entre el pavor y la pena, bromeando y llorando ante sus propias ocurrencias; ridiculizando amablemente a los personajes que estuvieron en primera fila de la manifestación millonaria en París, los políticos, como si fuesen la encarnación de la libertad humana. ¡Enorme ironía!: debieron ser poetas los que la encabezaran. Y en la cubierta del perdón, Mahoma lloró.

Ayer, buscando ‘cuanto’, en el DILE, lo encontré, con este ejemplo: ‘Cuanta más energía de convicción, menos virtud de tolerancia’. La sonrisa y la risa, el humor volcado sobre nosotros mismos nos liberan de las convicciones que nos ciegan. Si el móvil del homicidio de Pasolini nunca se conoció y el mundo asiste, hoy, atónito, al de los humoristas de Charlie Hebdo, las razones de los dos crímenes coinciden: el fanatismo de los asesinos eliminó de su alma toda comprensión. Opuestamente, Pasolini y los humoristas de Charlie Hebdo, y quienes se miran con gracia, y miran así el mundo y la vida, viven ‘como si’…, al modo del Sísifo camusiano. Abren su pensamiento a todas las posibilidades; de esa comprensión surge y ha surgido lo mejor de la historia. Y deben de haber reído, entre las lágrimas, al oír el coro multitudinario de la Marsellesa. Ellos saben que toda grandeza tiene algo de risible.

Susana Cordero / scordero@elcomercio.org