Andrés Vallejo

El magnicidio

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Magnicidio es el asesinato de una persona importante por su poder, rango o prestigio sociales. Ha sido un arma política en diversas épocas y lugares, para abatir un gobierno, para producir un cambio del orden social, para desmantelar un partido político, para impedir el triunfo de una idea se ha acudido a la eliminación violenta de sus cabezas más representativas, nos dice Rodrigo Borja en su Enciclopedia de la Política.

Murieron asesinados el emperador romano Julio César; el líder indio quiteño Atahualpa, en 1533; Antonio José de Sucre, en 1830; el presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln, en 1865; el presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno, en 1875; el líder liberal Eloy Alfaro, en 1912; el archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo, magnicidio que encendió la Primera Guerra Mundial; el zar Nicolás II de Rusia, en 1918; el líder de la resistencia pacífica de la India, Mahatma Gandhi, en 1948; el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, en 1963; el líder estadounidense de los derechos civiles Martin Luther King, en 1968; el candidato colombiano Luis Carlos Galán, en 1990; el candidato presidencial del PRI mexicano Luis Donaldo Colosio, en 1994.

El magnicidio es un arma extrema y cuando se usa como estrategia política -sea que el delito sea ejecutado, frustrado o fallido-, puede involucrar graves consecuencias, como sucedió en España en 1936 al resultar asesinado el diputado José Calvo Sotelo, provocando una guerra fratricida y sangrienta; e igual en Colombia, al ser eliminado el más importante líder político del momento, Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, que dio origen al ‘Bogotazo’ y a un proceso de violencia por más de 60 años.

Y en cuanto a una tentativa de magnicidio, cabe citar la del presidente venezolano Rómulo Betancourt, en 1960, atentado financiado por el dictador dominicano Trujillo quien había amenazado públicamente a Betancourt con su eliminación física. Una bomba en un auto estacionado explotó al paso del vehículo presidencial, matando al jefe de la Casa Militar y ocasionando quemaduras y la deformación del rostro y las manos del presidente Betancourt.

No fue ese el caso en nuestro país, en época reciente -los gobernantes y su entorno desproporcionan generalmente los acontecimientos que les afectan, en busca de justificación a sus acciones o de réditos políticos- cuando se acusó de tentativa de magnicidio a la retención del presidente Febres Cordero en Taura en 1987 y a la rebelión policial que retuvo al presidente Correa el 30 de septiembre de 2010, que buscaban la libertad para el general Frank Vargas y reivindicación de asuntos salariales, respectivamente. En ninguno de los dos casos se atentó, ni se pretendió hacerlo, contra la vida de los mandatarios ni buscaba su derrocamiento. Lo prueba el que, si esa era la intención, nada habría impedido, dadas las circunstancias, que se concretara, lo que, en buena hora, no sucedió.