Marcelo Ortiz

El Día del Amor y de la Amistad

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No hace falta que la prensa lo recuerde y que los medios sociales difundan esa necesidad de expresarse, desde la afectuosa mirada entre familiares y/o amigos, y la más intensa como parte del amor entre hombres y mujeres, que puede culminar en las fases que conducen a la intimidad sexual, que es la cumbre que tiene el amor desde hace miles de año. Aunque sin llegar a ella este vínculo ha existido desde siempre.

Por eso, al practicarlo se lo hace a través del amor en sus múltiples facetas: de esposos, hijos, hermanos, y en la larga fila también de los amigos. Y no se requiere hacerlo en un día especial del mes de febrero, aunque está bien que sea recordado por la prensa en nuestros medios sociales como un emblema humano necesario para la convivencia. Cada persona lo hace en cualquier hora de un día y mes para ser recogido por sus registros cerebrales.

Sigmund Freud, judío genial y de nacionalidad austríaca, en su tiempo vital hace más de 90 años, recogió en Viena, donde residía en esa época, los estudios de médicos y filósofos para elaborar la teoría de la afectividad.

Erigió como base al eros griego y estudió su evolución natural hacia el amor sexual, fase de culminación, para luego denominar dicho sentimiento como líbido o energía liberada de los instintos, hasta convertirse en amor destinado a ocupar la mayor dimensión a ser ocupada como seres humanos. Agregó, que esa intimidad cuando está reprimida genera desajustes de conducta, tales como la paranoia y el desvío homosexual que no es vergonzoso ni humillante.

Al recordar públicamente este día, se traslada a individualidades y/o personas, pero siempre está en primer plano la mujer, porque ella es el centro de la vida y el hombre su complemento, como relaciones normales sin ninguna desviación de estos cauces abiertos por la vida biológica para la supervivencia.
Desde la interpretación religiosa del surgimiento de las sociedades humanas, Dios creó al hombre y a la mujer para que llenen el mundo con hijos.

Luego en el libro ‘El cantar de los cantares’, atribuido al rey Salomón, afirma la mujer: “Dame el beso de tus labios. Son más dulces que el vino tus caricias. ¡Llévame pronto contigo a tus habitaciones! Él: las curvas de tus caderas son como adorno de oro fino. Tu ombligo es una copa donde no falta el buen vino, tu pecho son dos gacelas. Ella: ¡anda amado mío, vayamos al campo! Allí te daré mi amor”.

Que el amor siga siendo el eje de la vida a lo largo y ancho del mundo para lograr ciertos espacios de felicidad que se saltan de la rutina.

mortizvillacis@elcomercio.org