Enrique Echeverría

Acuartelamiento

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A fines de la semana anterior, se cumplió la jornada de acuartelamiento de jóvenes de entre 18 y 22 años de edad, para cumplir el servicio militar.

El Director de Movilización explicó que este servicio voluntario dura seis meses; no, como en el pasado, que era obligatorio y por un año. Que los jóvenes que cumplen este curso se formarán en valores y seguridad integral. Algunos, con las destrezas que les proporcionan, estarán mejor preparados para actividades cuando dejen el cuartel.

¡Valores! Por propia experiencia, ya que tuve la satisfacción de ser el conscripto número 260036, hace ya tantos años, puedo felicitar a los jóvenes admitidos; ya que, en realidad, la milicia imparte ciertas cualidades que sirven para el resto de la vida.
Por ejemplo: en la pista aérea de Riobamba se cumplía el trote, bajo la vigilancia de mi Mayor Pinto y del Capitán Vega. En pleno sol, en los kilómetros recorridos, algunos quedaban agotados; los otros, continuábamos hasta el final. La sed era acuciante y cuando llegábamos al patio del cuartel, al parecer, de propósito, nos ponían junto a llaves de agua potable. Parecía que la orden inmediata sería la de “media vuelta, mar” y el grupo podía lanzarse a las llaves de agua. Pero no: entregado el pelotón a un oficial, este daba la orden: “formar”; vista al frente, saque pecho, meta la guata y, a continuación, “vuelta a la cuadra” que era el dormitorio de la tropa, un promedio de tres cuadras. La posibilidad de desfallecer se eliminaba porque atrás venían cabos y soldados para provocar la caída de los atrasados, lo cual producía rasponazos en las rodillas y en los codos. Uno no sabía cómo, pero sacaba fuerzas de donde no hay a fin de evitar quedarse al final del grupo.

¿Cuál es la lección de valores que se obtenía de este suceso? Primero: que si había maltrato de parte de un cabo o soldado, la reacción de estudiantes de 16 ó 17 años era lanzarse contra el militar y golpearlo, pero a sabiendas de que se estaba bajo disciplina militar, se detenían y la lección final era que en el curso de la vida, se aprende que hay que sufrir pequeñas injusticias, pues si por cada una se reacciona de manera adversa, la vida sería un vía crucis de peleas y sufrimientos. La segunda lección, que cuando uno cree que ya no puede más, sí puede. En la vida posterior ese extraesfuerzo sirve mucho para tener éxito.

En el lapso de la instrucción, sabíamos manejar muy bien el recordado fusil calibre 7.92, Breno, Checoslovaquia; así como la ametralladora ZB, a la que aprendimos a armar y desarmar inclusive con los ojos vendados. Teníamos noción de las fases de la batalla; y, lo mejor, cultivar el amor a la patria por encima de cualquiera circunstancia.

La milicia requiere hombres rudos y tenaces, pues si adviene la guerra sabe que debe dejar la vida en el campo de batalla.

eecheverria@elcomercio.org