Gonzalo Ruiz

16 de abril. Ya nada será igual

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La noche de ayer, mientras muchos esperábamos el partido de fútbol, la memoria nos llevó al recuerdo del terremoto, justo hace 2 meses.
La sensación de los temblores y el cada vez más fuerte remezón, aún para quienes estábamos a cientos de kilómetros de distancia, será difícil de olvidar.

Lo que vino luego es historia conocida. El silencio, largo y sospechoso; los apagones, la incertidumbre, la desconexión, ahora cuando el wifi y el teléfono inteligente parecen ser parte del sistema nervioso central y el latir del pulso del corazón humano.

Y luego, la noticia que tardó pero llegó cargada de dolor y la proyección fatal que, por esperada, no fue menos dura.

Al día siguiente, las imágenes corroboraban la magnitud del terremoto. Tanta fuerza como tan grande es la impotencia de la gente frente a la naturaleza.

Los sitios visitados, los sitios de paso, los sitios queridos. Pedernales, Canoa, Jama - la de los viejos cuentos y anécdotas de amigos de años- , Manta y Portoviejo, cargadas de historia, de pujanza de personalidad. Bahía de Caráquez, entrañable, llena de recuerdos de juventud y personas cercanas, lastimada en dos décadas por dos grandes latigazos, con el estuario del río Chone y la belleza de los pájaros de distintos plumajes en las tardes de estiaje y contemplación.

Verde Esmeraldas, su belleza, su pobreza,

Y allí, sobre ese paisaje vital, la antítesis, la muerte, los heridos, los que se quedaron sin nada, los que tenían algo, algún bien material, su casa y sus pertenencias,los que tuvieron muy poco, los que vuelven a quedar sin nada, con su miedo y su dolor, solos.

Pero no, no estuvieron solos. Llegaron en buses y camiones, en motobombas, ambulancias y convoyes, rápido, sin pensar dos veces. Los rescatistas del país y de los países hermanos, ahora, unidos en la solidaridad, más hermanos que nunca. Contagiados de la urgencia, conscientes del inexorable paso del tiempo, saben que son días, horas, minutos, preciosos para salvar vidas y se rompen por sus semejantes más allá del límite de sus fuerzas físicas.

Y llega la mano amiga, con agua, con miles y miles de botellas, comida, colchones, botiquines y carpas multicolores. Un país que despertó. Una capital que supo ser solidaria y con una respuesta inmediata, con un liderazgo claro y con la conciencia de que esa condición de capitalidad no es una graciosa concesión sino una bien ganada conciencia del bien colectivo nacional.

Y luego llegaron todos. Y se estimaron las pérdidas y se contaron millones. Y vinieron los impuestos de un Estado impotente que no guardó en tiempos de vacas gordas para cuando la tragedia llegue, sin aviso. No importaron las advertencias y consejos. Se gastaron todo, mucha obra, pero mucha deuda, muchos intereses, demagogia.

Hoy estamos de nuevo como al principio. Sabemos que ya nada será igual. Nos queda el dolor y la fuerza del despertar colectivo para que sea el aprendizaje indispensable sin amnesia para no repetir la historia, ser austeros, cuidadosos y siempre solidarios.