Colette Capriles

Oficio de notables

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11 de April de 2014 00:03

Entre los papeles de Jenofonte se encontró un texto de atribución dudosa que se le conoce como "La Constitución de Atenas" del seudo-Jenofonte. La voz que se deja escuchar allí es, crítica: la de un ateniense que, quizás desde el exilio, desaprueba la constitución democrática, pero que no puede dejar de reconocer el éxito del sistema. El problema que quiere dilucidar el autor es cómo es posible que un régimen se sostenga sobre la preeminencia del elemento popular y la exclusión de los excelentes (los cuales, gracias a una mejor educación, tendrían una perspectiva más universal del bien común). El mal gobierno (kakonomia) no resulta importante para la mayoría popular; lo que es importante es tener poder y verse libre de dominación, construir un gobierno a su imagen y semejanza. Curiosamente, el texto discurre de tal manera que la crítica se va transformando en elogio (y, retóricamente, esto se parece al extraño subterfugio que utiliza Jenofonte para su análisis de la tiranía en el Hieron: lo que parece elogio va decantándose en argumentación contra la tiranía).

La lógica de las democracias contemporáneas es más complicada pero la idea de que el bien común no es una construcción (precisamente) común, sino el resultado de la ilustración, de la voluntad iluminada de quienes más saben.

Es tentador interpretar el inclemente ataque sobre la democracia moderna venezolana, la democracia pactada de 1958, como la arremetida del positivismo gomecista (en su versión civil y en la militar) contra la construcción adeca del pueblo como concepto policlasista y unitario (y como lugar simbólico del acuerdo, pacto o consenso social). La idea betancouriana y del bien común como resultado de un pacto, de un contrato cuyas partes se someten a él sin diluirse y exterminarse, resultaba irritante para quienes sostenían visiones "superiores". En este universo no caben los partidos, esas palancas del acuerdo y el desacuerdo que forman consensos. No es el consenso sino la verdad lo que se venera, de modo que los partidos, en realidad, sobran y molestan. La verdad no necesita partidos; todo lo más, necesita propagandistas. Esta visión confluyó en la defenestración de Pérez (aunque no fue su única fuente), y solo después de la elección de Chávez se van separando sus dos brazos principales: el chavismo va construyendo su identidad sobre el modelo de dominación que más tenía a mano, el cubano; los aventados de la "constituyente" pregonan su decepción y su inocencia, sin mucho ruido. Ya no eran tan notables. En el increíblemente largo trayecto de estos quince años, el país buscó su alternativa, después de esa cúspide de la antipolítica (y de la "notabilidad") que fueron los años 2002-2005. No porque se recuperara la confianza en los partidos, sino porque el saldo terrible de esos años obligó a prestársela. Al menos así parece, visto desde hoy. Vuelven las consignas que oponen la indignación a la política. La ira y la irritación, el dolor de patria (por darle un nombre) son reales y vividos.