César Montúfar

Ocho años después

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El Ecuador cambió. En eso tiene razón el Estado de propaganda. Si antes éramos una democracia débil, esquiva, cooptada por élites miopes, hoy de ella ya no queda nada y reina un régimen autoritario, caudillista, apropiado por una casta experta en el arte de convertir lo general en particular. Sí, el Ecuador cambió. Si antes teníamos un Estado desarticulado, virtualmente ausente, vaciado de sus contenidos esenciales, hoy tenemos una burocracia gigantesca, un aparato que esquilma la riqueza de la sociedad, que sobrerregula, que oprime; un Estado con “derechos” que están por encima de los de la gente. Sí, el país cambió. Antes, había una sociedad civil activa, organizaciones sociales y ciudadanos que se movilizaban por lo que creían correcto, hoy, en cambio, la participación social ha sido burocratizada, cooptada, transformada en una función del Estado; las organizaciones sociales son vigiladas, controladas e intervenidas por la burocracia, y la protesta social se ha transformado en una actividad de alto riesgo. Sí, el país cambió. Antes los ciudadanos ejercían, de forma limitada y aunque al poder no le gustara, sus derechos; decían su verdad, se tomaban espontáneamente las calles; y los periodistas, con limitaciones y reparos, investigaban, obtenían información pública y publicaban sus notas para que la gente se enterara de lo que pasaba y había en los canales de televisión candentes programas de opinión en los que se debatían posiciones. Hoy, en cambio, la información pública ha sido secuestrada por una burocracia hermética y se ha constituido un poder inquisidor que con furia despliega su poder de censura. Sí, el país cambió; porque antes no había verdad oficial; porque antes nos habríamos reído en la cara si algún funcionario salía diciendo una mentira tan grande como una catedral, porque los corruptos no gozaban con tanto desparpajo de la guarida que ha creado la falta de transparencia y porque teníamos mucho más a flor de piel nuestra capacidad de indignarnos y reaccionar contra a las rapacidades del poder. El país cambió. Sí que cambió. Porque hoy no existe para nada control social ni fiscalización y los llamados poderes del Estado y organismos de control son manifestación de un poder único; porque quienes deberían poner topes a las aberraciones de la omnímoda Presidencia, hoy se ven como empleados de Gobierno y se arrodillan. Sí el país cambió y ahora los gobiernos seccionales son otra manifestación subordinada del Estado nacional. Y claro que cambió, porque hoy tenemos más carreteras, que no se sabe cuánto costaron; más hospitales con equipos nuevos arrumados y pronto obsoletos; más escuelas del milenio sin que realmente mejore la educación básica; más leyes que se aplican con dedicatoria; más reglamentos que reforman leyes; más aviones presidenciales; más guardaespaldas; más novelerías; más elefantes blancos, como Ciudad Alfaro, Yachay o la Refinería del Pacífico, que quedarán como monumentos al despilfarro; Solo en algo no hemos cambiado y el país está igual: cuando bajan los precios del petróleo, no sabemos qué hacer.

@cmontufarn